viernes, 4 de julio de 2008

Crisis Financiera

Alcance y Rumbo de la Crisis Financiera
Por: François Chesnais ·
Fecha de publicación: 28/05/08




La marcha de la crisis financiera que estalló en el sector de préstamos hipotecarios de los Estados Unidos en agosto del año pasado no es lineal. Los momentos de regreso a una calma relativa se alternan con expresiones más visibles de crisis, a veces espectaculares. El estallido de esta crisis representa un giro en el curso de la economía mundial.

En primer lugar, marca el fin del ciclo económico estadounidense iniciado con la recuperación de comienzos del 2003. Ya en este sentido su alcance es mundial, pues el consumo interno norteamericano representó, entre 2003 y 2006, la principal salida para la oferta de mercancías producidas en los otros países. Y hay más: aún antes de que la demanda interior de los Estados Unidos sufriese todo sus efectos, la crisis hipotecaria comenzó a propagarse casi en todo el mundo, mediante los mecanismos propios del sistema financiero globalizado, hacia los bancos y las sociedades de colocación financiera (los Mutual Funds, los Hedge Funds y las sociedades especializadas en préstamos hipotecarios). No son tocados sólo los países fuertemente interconectados con la finanza estadounidense. Lo son también los que tienen monedas más expuestas a los efectos de la caída del dólar. Por lo tanto, los niveles de actividad económica, de empleo y de disposición al consumo o la inversión en un conjunto de países pueden disminuir a consecuencia de lo que ocurre en los Estados Unidos. Son de prever interacciones a este nivel, pues la OCDE precisó que la desaceleración había comenzado entre los países miembros antes del inicio de la crisis financiera.[1]

El mecanismo de contagio en el que más se interesan los diarios es el de la cotización de las acciones en las bolsas. La transmisión de las fluctuaciones bursátiles puede ser espectacular, pero más allá del efecto “subjetivo” en términos de imagen del capitalismo, no es el canal de propagación más importante. Sólo en los Estados Unidos y en menor medida en Gran Bretaña el consumo interno es directa y rápidamente afectado por los cursos bursátiles. La inquietud inmediata de los observadores tiene que ver sobre todo con otras tres cuestiones. La primera se refiere a la amplitud de la contracción del crédito interno en el sector financiero, provocada por los títulos “podridos” de “nueva generación” (ver más adelante) que los bancos y los fondos de colocación con riesgo (los Hedge Funds ) tienen en sus carteras. No se trata todavía de una contracción del crédito a las empresas, sino de un paso en esa dirección. La segunda concierne al momento y la violencia del estallido de la burbuja inmobiliaria en otros países en que existe, sobre todo los de la Unión Europea como España o Irlanda, pero también Australia. El tercero se refiere a los efectos al menos parcialmente antagónicos de las políticas de tasas de interés y tasas de cambio adoptadas por los principales países. Un ejemplo es el alza de las tasas de cambio del euro con respecto al dólar, que se aceleró con la baja de las tasas de interés norteamericanas.

Un poco a más largo plazo, a seis u ocho meses, el principal interrogante, del que realmente depende el curso de la crisis financiera, se refiere al Asia. Esta crisis financiera no podría desembocar en una crisis mundial grave del tipo de la de 1929, si no se produjera una desaceleración general de la demanda mundial que revelase que hubo -desde el 2002 y más aún luego de 2003- un proceso de sobre acumulación en todas las economías asiáticas de la costa del Pacífico (en China, pero también en Japón, Corea y Taiwán). Muchos economistas piensan que en esta región clave del sistema capitalista mundial, la capacidad de producción instalada excede ampliamente las posibilidades de absorción del mercado mundial. Pero siguen esperando que a pesar de la contracción de la demanda externa -que es absolutamente necesaria para las economías de Asia- los países en cuestión sabrán compensar esa limitación aumentado su demanda interna. En todo caso, se entra en un contexto en el que la presión de la competencia de las mercancías asiáticas engendra tensiones proteccionistas que enfrentarán a los Estados Unidos y otros países con China. Finalmente, está la situación de los países productores del mismo tipo de mercancías, por ejemplo textiles: incluso una contracción limitada de la capacidad de los Estados Unidos y de la Unión Europea para recibir importaciones provenientes de China y otros países de Asia acentuará la presión de la mercancías asiáticas sobre ellos y agravara sus dificultades.

¿Qué puntos de apoyo brinda Marx para abordar las crisis financieras?

Marx no conoció una situación de hipertrofia de la esfera financiera comparable a la actual. Sin embargo dejó algunas indicaciones metodológicas importantes y sobre todo una teoría del capital ficticio en la que nos apoyaremos más adelante. Recordemos por ahora que lo denominado en el siglo XIX “crisis monetaria” o “de dinero” más que financiera, constituía para él “un momento de las crisis industriales”, pero un momento muy significativo porque en él se desnuda una contradicción fundamental contenida en la moneda:

la función del dinero como medio de pago envuelve una brusca contradicción. En la medida en que los pagos se compensan unos con otros, el dinero sólo funciona idealmente, como dinero aritmético o medida de valor. En cambio, cuando hay que hacer pagos efectivos, el dinero ya no actúa solamente como medio de circulación, como forma mediadora y llamada a desaparecer de la asimilación, sino como la encarnación individual del trabajo social, como la existencia autónoma del valor de cambio, como la mercancía absoluta. Esta contradicción estalla en ese momento de las crisis comerciales y de producción a las que se da el nombre de crisis de dinero.[2]

El reemplazo del oro por las monedas estatales de los países más fuertes (actualmente, un “semi-patrón oro”[3]) así como el desarrollo extraordinario que adquirieron los efectivos bancarios exigiría transcribir esta contradicción a las condiciones actuales.[4] Queda en pié sin embargo el hecho de que en esta crisis ya se ha perfilado una situación en la cual

el crédito se reduce o desaparece en absoluto, el dinero se enfrenta de pronto de un modo absoluto a las mercancías como medio único de pago y como la verdadera existencia del valor. De aquí la depreciación general de las mercancías, la dificultad, más aún, la imposibilidad de convertirlas en dinero”.[5]

Es muy útil una distinción introducida por Marx respecto a las “crisis monetarias” o “de dinero”. Por un lado, está la de que “es una fase es de cualquier crisis”. Por el otro y sin que existan barreras infranqueables entre ambas, está

esa modalidad especial de crisis a que se da también el nombre de crisis de dinero, pero que puede producirse también de un modo independiente, influyendo luego de rechazo sobre la industria y el comercio. Son estas crisis que tienen como centro de gravitación el capital-dinero y que, por tanto, se mueven directamente dentro de la órbita de los Bancos, de la Bolsa y de la finanza.[6]

Las crisis monetarias de este tipo son las que llamamos ahora crisis financieras. Traducen la maduración de las contradicciones a nivel de la formación de la tasa de ganancia así como de las condiciones de realización del valor y plus-valor. El hecho de que esta crisis se forman de manera “independiente” es consecuencia de la acumulación de capital-dinero y de la formación de capital ficticio a gran escala. Pero estas son a su vez la expresión de graves “disfunciones” que hunden sus raíces en las relaciones de producción y de propiedad y en las medidas de política económica utilizadas para contenerlas.

El tiempo de la crisis financiera

Así se comienza a percibir el alcance de la crisis financiera que se abrió y la importancia de las cuestiones en juego. Ocurre en un momento en que los instrumentos utilizados por los bancos centrales comenzaron a mostrar sus limitaciones, a fuer de haber sido utilizados repetidamente desde hace veinte años. Se produce después de una fase excepcionalmente larga de acumulación sin ruptura. Se sitúa, finalmente, cuando la configuración del marco geo-económico y geopolítico del capitalismo mundial está experimentando modificaciones profundas.

El acento se debe poner, en primer lugar, sobre el alcance y consecuencias de lo que denomino una muy larga fase de “acumulación sin ruptura”. Considerando que la reconstrucción de lo destruido en la Segunda Guerra Mundial terminó a mediados de los años 1950, el capitalismo como sistema mundial conoció desde entonces más de cincuenta años de acumulación casi ininterrumpida. Es la fase de este tipo más larga de toda su historia. La acumulación se dio con momentos de ritmos diferentes, pero sin que se produjese ninguna ruptura, como una gran crisis económica o una guerra análoga a las dos grandes conflagraciones del siglo XX. La recesión mundial de 1974-76 puso fin al largo movimiento cíclico llamado “los treinta gloriosos”. Cerró un período, pero luego de una fase de transición la acumulación recomenzó sobre la base, especialmente, de un desplazamiento progresivo de su centro de gravedad geográfico. Ninguna ruptura se produjo tampoco desde el flanco de la lucha de clases. El capitalismo mundial tuvo las manos libres para responder a lo que pudo parecer en su momento una ruptura por medio de la revolución neoliberal o más exactamente neoconservadora. Con el beneficio de la distancia histórica y la destrucción (al menos parcial) de las anteojeras de aquella época, podemos ver ahora que su esfera de acción e influencia sobrepasó las fronteras de la dominación imperialista del momento. Las “reformas” de Margaret Thatcher tuvieron como contrapartida las de Deng Xiaoping en China, que comenzaron como las suyas en 1999-80 y pasaron desapercibidas para la izquierda mundial.

La falta de ruptura en la acumulación durante un período tan largo no es algo secundario. Facilitó considerablemente el trabajo del capital “para apropiarse de la praxis social en toda su extensión y toda su profundidad” y forjar como dice Alain Bihr, a nivel ahora verdaderamente mundial, “un tipo de sociedad global profundamente marcado por el dominio del capital, mucho más allá de la esfera puramente económica”[7]. Es en esta sociedad en la que cualquier eventual crisis de sobreproducción mundial estallará, tomando a la mayor parte de sus componentes sociales, es decir los asalariados, en un estado de total falta de preparación “subjetiva” y por tanto política.

Una de las principales consecuencias y manifestaciones de “la acumulación sin ruptura” es por supuesto el nivel alcanzado y los mecanismos engendrados por la acumulación de capital de préstamo a interés, que se valoriza exteriormente a la producción de valor y plusvalor, sin salir de la esfera de los mercados financieros[8]. La fuerza económica y social del capital de inversión financiera es consecuencia directa de la duradera falta de ruptura en la acumulación. No hay que olvidar que una de las primeras causas de la reaparición de este tipo de capital a fin de los años 1960 fue el aumento de las ganancias no reinvertidas en la producción directa de valor y plusvalor. Era preciso que tales capitales no quedaran “ociosos” y fue necesario abrirles posibilidades de valorización como capital de préstamo. Fue la función jugada transitoriamente por el mercado de eurodólares en offshore en la City, hasta que la liberalización financiera orquestada desde Washington sentara las bases de los mercados de activos planetarios. Las otras dos grandes fuentes de acumulación de un capital que viene a compartir la plus-valía manteniéndose fuera de la producción han sido (y siguen siendo) la renta basada en las fuentes de energía o de materias primas, con la renta petrolera a la cabeza, y los fondos acumulados en títulos de los sistemas de jubilación privada. Mientras más importante pasó a ser la concentración del capital de préstamo a interés, especialmente en los Estados Unidos, más crucial pasó a ser garantizarle condiciones que le permitiesen concretar su pretensión de compartir la plusvalía, cuya masa debería estar en constante aumento. Una política monetaria consistente en tasas de interés bajas e inyecciones de liquidez ante cada sobresalto financiero pasó a ser el principal sino el único instrumento de política macroeconómica.

La nueva configuración de la dominación mundial del capital y sus contradicciones
El segundo gran factor en el que es preciso detenerse, son los cambios en la configuración geo-económica de la dominación del capital, comenzando por la identidad de los países y los sitios precisos donde se efectúan la acumulación del capital productivo y la extracción del plus-valor. Comentando el debate sobre el “intercambio desigual”, Louis Gill sostenía no hace mucho tiempo (su libro es de 1996) que

para que exista transferencia de plus-valor mediante el cambio, es preciso primero que exista producción de plus-valor. Pero la masa de plus-valor producida en los países subdesarrollados es débil porque su productividad es débil. La fuente principal de la acumulación a escala mundial se encuentra allí donde la productividad es más elevada, en los países capitalistas industrializados y no en los países subdesarrollados.[9]

Ya no es así. Por supuesto, siguen siendo los países capitalistas avanzados (y sobre todo los Estados Unidos) los lugares en donde la tasa de plus-valía, entendida como diferencia entre el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo y el tiempo efectivamente trabajado, es la más elevada del mundo. La productividad del trabajo es muy alta y el tiempo de trabajo necesario muy bajo, y una de las razones de esto es la importación masiva de muy baratos “bienes salarios” (los que entran en el costo de reproducción de la fuerza de trabajo). Pero si consideramos el cuadro en términos de masa y no de tasa, la mayor parte de la plus-valía que permite la reproducción del capital ahora proviene de Asia y sobre todo de China.

Lo que ha cambiado en poco más de una década en estos países y los ha hecho tan atractivos al capital extranjero es lo que Marx denominaba en las indagaciones expuestas en el primer tomo del El capital “el precio proporcional del trabajo”, refiriéndose a su precio en comparación con la plusvalía o con el valor de lo producido. En Asia, el precio proporcional del trabajo bajó, a medida que al efecto de la duración y la intensidad del trabajo se le sumó el del aumento de la productividad por la modernización del equipamiento, lo que fue estimulado y parcialmente asegurado por la presencia de grupos industriales extranjeros, pero también por inversiones autónomas[10].

Durante la primer mitad de los años 1990 se dio un primer desplazamiento de la acumulación hacia Asia, principalmente hacia Corea y Taiwán, pero también a Singapur y otros países cuya vulnerabilidad se reveló durante el curso de la “crisis asiática” de 1997-1998. Después de esa fecha, tomaron la posta China y, en menor medida, también la India en determinadas industria y con grandes interrogantes.

Hay que considerar la distancia recorrida desde hace un siglo. En el momento en que se elaboró la teoría “clásica” del imperialismo en sus diferentes versiones, China estaba sometida a un estatus semicolonial y la India a una dominación imperial que exigían una importante ocupación militar permanente. Hoy, en condiciones políticas y grados diferentes, ambas entidades constituyen elementos centrales en el funcionamiento de la economía mundial. No es preciso decidir si corresponde o no darles el estatus de potencias económicas de primera línea o decir si dominarán o no el siglo XXI para comprender que la plena incorporación de estos dos países-continentes a la economía mundial y en particular la de China, impone dejar de lado los análisis ordenados a partir de un solo país, aunque sea todavía el más poderoso. Lo seguro es que China no se hubiese transformado tan rápido y en tal escala en “la fábrica del mundo” sin el movimiento masivo de deslocalización de la producción de las mayores empresas estadounidenses y luego japonesas y sin la tercerisación internacional masiva organizada por las grandes distribuidoras de características casi industriales, como Wal-Mart.

Las relaciones económicas y políticas de la época de la “globalización” deben ser consideradas, más que nunca, como “articulaciones de una totalidad, diferenciaciones en el interior de una unidad”[11]. Hasta comienzos de los años 2000, todavía se podían hacer análisis colocando a los Estados Unidos en el centro de las relaciones jerarquizadas constitutivas de la mundialización, concediéndole incluso un lugar aparte, el de potencia hegemónica en el sentido fuerte de la palabra. Ya no. Los Estados Unidos estuvieron en el origen de la mundialización del capital contemporáneo y fueron en gran medida los arquitectos del correspondiente régimen institucional. Pero ahora ya no son más que uno de los elementos constitutivos centrales, uno de los polos, pero no el único. El análisis del movimiento de acumulación, de sus contradicciones y de su crisis debe hacerse concediendo todo su lugar al que tal vez ya sea, en la configuración actual, su piedra angular: China. Los Estados Unidos siguen disponiendo de potentes palancas económicas y políticas, la más importante de las cuales es el rol que conserva aún el dólar. Pero la crisis en gestación debe ser pensada en un marco donde Asia ha pasado a ser un componente esencial[12].

El Asia industrializada (economías enteras como las de Corea o Taiwán, o los grandes polos industriales de China y la India) aseguró una longevidad suplementaria a la larga fase de acumulación sin ruptura. Pero contradictoriamente, y debido a las condiciones en que funciona la economía mundial, sembró algunos gérmenes de la crisis actual. La plena integración de China a la economía mundial y también la de la India, tuvieron como efecto poner en competencia directa a los trabajadores de todo el mundo. Desde hace dos o tres años los bancos de inversiones vienen multiplicando los análisis referidos a la “duplicación de la oferta de trabajo mundial debido a la entrada en la globalización de China y la India” y a sus efectos sobre los salarios, los precios y las perspectivas de ganancia. Pero la transformación de China en “fábrica del mundo” y de la India en país de relocalización de las actividades de servicio informáticos y de producción de computadoras han tenido una contrapartida muy importante, tanto en la economía real como en el dominio financiero.

El re-despliegue de las inversiones de los grupos industriales de los países de la Tríada (USA, Europa, Japón) y la importación de mercancías baratas producidas en China y otros lugares de Asia dieron un fuerte apoyo (y en algunos casos llegaron a sustituir) a políticas económicas y presupuestarias (en el caso de los Estados Unidos, política monetaria) dirigidas a contener los salarios. En muchos sectores industriales, los precios de los “bienes salarios” de origen industrial cayeron tanto que las empresas enfrentaran una situación casi deflacionista y fueran “acogotadas” (y con ellas sus asalariados). En Alemania el efecto depresivo del estancamiento e incluso la baja de los salarios reales en la demanda y la actividad económica interna terminó siendo compensado por el aumento de la exportaciones. En otras partes, fue al endeudamiento o a las medidas fiscales a las que recurrieron los gobiernos para sostener el empleo. El resultado fue en gran medida insignificante debido a la magnitud de las importaciones. Las medidas aplicadas alentaron sobre todo el alza artificial de los activos financieros y patrimoniales que actualmente termina.

Pero poner en competencia directa a los trabajadores tuvo también repercusiones muy importantes en la esfera financiera, especialmente con la baja de las tasas de interés a largo plazo. Michel Aglietta dice que nació un “régimen financiero con tendencia deflacionista”[13], que condujo al aumento de las inversiones especulativas. Los fondos de colocación financiera, pero también los bancos, se lanzaron en una fuga hacia adelante en operaciones cada vez más riesgosas con activos cada vez más “opacos”, es decir ficticios. Paralelamente, se asistió a la acumulación de excedentes comerciales y de reservas en divisas -principalmente dólares- por los países asiáticos, pero también por países que son grandes proveedores de materias primas. Estos excedentes fueron colocadas en bono del Tesoro y en acciones, en obligaciones privadas (entre ellas, los créditos hipotecarios). Los Estados Unidos pudieron dejar que se acumularan los déficits externos y finaciar sus guerras al mismo tiempo que la administración Bush se permitía seguir bajando los impuestos. Pero los excedentes fueron también una fuente de la creación de “liquideces” y de financiamiento de operaciones especulativas de alto rendimiento. Hoy la economía capitalista está mundializada como campo de valorización del capital y terreno de competencia entre los trabajadores. Pero todavía no lo está en un terreno crítico, el de la moneda, las políticas monetarias y las decisiones de los bancos centrales; en esto sigue siendo “transnacional”, es decir marcada por las decisiones soberanas de los países más fuertes. En el terreno monetario, las relaciones actuales entre el dólar, el euro, la libra esterlina, el yen y ahora la moneda china el yuan son en gran medida “no cooperativas”, para utilizar una expresión de moda. Lo que es, potencialmente, un factor de aceleración de la crisis.

Desde 1982: crisis financieras a repetición
La acumulación de capitales que buscan valorizarse como capital-dinero a interés y el crecimiento y complejidad cada vez mayor de los mercados financieros conllevan crisis multiforme propias de la finanza. El lugar ocupado por lo que frecuentemente se denomina el “capital financiero” (al que prefiero denominar “capital-dinero concentrado” o “capital de colocación financiero”) torna prácticamente seguro que las primeras fases de cualquier eventual crisis de superproducción pasarán por los mercados financieros y la acumulación de préstamos y deudas. La liberalización y la mundialización financieras estuvieron continuamente jalonadas por crisis y sobresaltos menores. Debido al rol jugado por el alza de las tasas de interés norteamericanas y por el dólar en la creación de las condiciones para la dominación de la finanza en la acumulación, el primer episodio fue la crisis mexicana de 1982. Fue el punto de partida de la crisis de la deuda del tercer mundo, especialmente en América latina en países dirigido por clases dominantes parasitarias desprovistas de renta petrolera. Pero incluso en los Estados Unidos, las quiebras bancarias (Penn Square, Seattle First Bank, Continental Illinois) jalonan la primera mitad de la década de 1980. Luego, los choques y sobresaltos financieros continuaron a medida que la masa de capital ficticio buscando valorizarse se incrementó y las formas de colocación y especulación se multiplicaron y diversificaron. Se dio el crack bursátil de mediana amplitud de Wall Street en 1987. Fue seguido en 1989 por la quiebra y salvataje de las cajas de ahorro norteamericana (Loan and Savings) que marcó el debut de una primer crisis mundial inmobiliaria. Su punto culminante es el crack del Nikkei y del sector inmobiliario en Japón, cuyas consecuencias realmente nunca se borraron, pese a que la potencia de los grupos industriales fue salvaguardada mediante su implantación en los Estados Unidos y en China. El estallido de esta primer burbuja inmobiliaria internacional en 1990 provocó una recesión, caracterizada por algunos economistas como “financiera” para subrayar que su causa era cierta forma de especulación.

Al comienzo de los año 1990 se vio también graves crisis en los mercados cambiarios de Europa provocados por el capital dinero concentrado de los inversores institucionales. Estas crisis les permitieron lograr ganancias especulativas, imponiendo al mismo tiempo políticas económicas centradas en “el manejo de la inflación” garantizado por el Banco Central Europeo según los tratados de Maastricht y de Ámsterdam. Estos años fueron marcados sobre todo por el desplazamiento temporario de las crisis financieras y las recesiones nacionales que las acompañaban hacia la zona periférica del capitalismo mundial (donde se encontraban las economías y los mercados financieros llamados “emergentes”). Así se asistió primero a la muy grave segunda crisis de la deuda en México en 1995, con repercusiones sobre la producción estadounidense pese a la intervención rápida de la Fed (Banco Central de los Estados Unidos ) y del Departamento del Tesoro. El episodio siguiente tuvo como escenario al Asia. Lo que se ha llamado la “crisis asiática”, desarrollada entre junio de 1997 y los primeros meses de 1998, tocó fuertemente a siete economías y tuvo efectos en muchos otros países. Fue inmediatamente sucedida por la crisis rusa, antes de tener fuertes impactos en Brasil y la Argentina, tras provocar la quiebra y exigir el salvataje en octubre de 1992 de un gran fondo especulativo (un Hedge Found) con base en Nueva York, el Long Term Capital Management. La importancia de la crisis asiática es que la propagación de la crisis se produjo por la transmisión de la contracción de la producción y del empleo desde los países en los se produjo la crisis financiera hacia otras economías. Esto se dio a través del comercio internacional. En el caso del Sudeste Asiático, la crisis afectó sobre todo los intercambios intra-regionales de productos complementarios y menos a las exportaciones de productos directamente competitivos. Pero en el caso de Corea, en octubre de 1997, se asistió a una crisis financiera que reveló una fuerte sobreacumulación y desembocó en una verdadera crisis de superproducción con repercusiones mundiales.

Por primera vez desde los años 1930, se conformó a fines de 1997 una situación de deflación, es decir de baja de precios y de competencia salvaje entre exportadores de algunas categorías específicas de mercancías. Hubo también un momento de crisis bursátil. Tocó a las principales bolsas asiáticas, especialmente Hong Kong, donde el hundimiento de las cotizaciones provocó un comienzo de contagio bursátil a la baja realmente mundial. Durante dos días (27 y 28 de octubre de 1997), las acciones cayeron fuertemente en Nueva York, y la caída se extendió hacia Europa.

Completemos por ahora la cronología volviendo a los Estados Unidos en la fase expansiva del ciclo de la “Nueva Economía” de 1998-2001. En este momento se completó el montaje del actual régimen de “gobierno de empresa”, que hace del “valor accionarial” el objetivo prioritario de las firmas (con los stock-options como estímulo para los ejecutivos). Los capitales de los inversores institucionales refluyeron desde Asia hacia sus bases de origen. Las dos bolsas de Nueva York, en NYSE y el Nasdaq (especializado en las acciones de las firmas de “alta tecnología”), volvieron a ser el principal terreno de operación de los inversores financieros y de los manager “nuevo estilo” cuya personificación fueron los ejecutivos de Enron. El “valor accionarial” no exige solamente una repartición de las ganancias que prioriza los dividendos. Supone también mantener las cotizaciones de bolsa en un nivel alto. Los grupos industriales pasaron a comprar sus mismas acciones, endeudándose en el mercado de préstamos obligatorios. Las adquisiciones de las firmas más débiles fueron financiadas por intercambios de títulos con precios que no tenía ninguna relación con su valor real. Cuando la “burbuja Internet” estalló a comienzos de 2001, el Nasdaq conoció un verdadero crack mientras que el NYSE sufrió una seria caída y se mantuvo en niveles bajos hasta fines del 2002. Incluso las empresas que no corrieron la misma suerte que Enron o Vivendi, quedaron muy endeudadas y siguieron estándolo hasta 2003 o incluso 2004. Las opciones y medidas tomadas por el gobierno de los Estados Unidos para contener los efectos del crack del Nasdaq y apoyar aún más que antes al sector inmobiliario, sembraron la semilla de la crisis financiera que ahora vemos y privaron también al actual presidente de la Fed de medios de acción efectivos.

Los mecanismos de propagación de la crisis
Es preciso regresar a 2007 para precisar el punto de inflexión de la coyuntura estadounidense e identificar los mecanismos de propagación de la crisis financiera desatada en agosto.

El primer mecanismo de propagación es interno a la economía norteamericana. Tiene como origen el estallido de una burbuja inmobiliaria que se formó progresivamente desde el 2004. Comenzó afectando la actividad económica estadounidense en el sector de la construcción, pero también a la economía en general. El ritmo de la creación neta de empleos cayó en promedio mensual de 189.000 en el 2006 a 118.000 en el curso de los meses de agosto-septiembre-octubre[14]. Implicó la quiebra de algunas sociedades financieras, de dos tipos: las titulizaciónsociedades de préstamo hipotecario y las especializadas en la actividad de titulización de préstamos hipotecarios riesgosos, su compra y su reventa (explicaremos mas adelante en que consiste esta titulización). Hablar de “burbuja inmobiliaria” se justifica porque casas y departamentos no representan sólo un valor de uso para el propietario, sino también un “activo financiero”, que se compra pensando revenderlo y sirve de garantía para otros préstamos. En el origen de una burbuja se encuentra siempre, junto con candidatos a especuladores que tienen dinero para colocar, procesos que alientan la idea de “buena colocación” de bienes patrimoniales -títulos financieros, departamentos o casas- a ser comprados para revenderlos con ganancia segura y alta rentabilidad. Una vez que este convencimiento colectivo (siempre de carácter “ovejuno”) toma cuerpo, comienza un alza de precios de los activos implicados que impone durante cierto tiempo un proceso de autorrealización. La suba de los precios atrae nuevos compradores cuya llegada empuja los precios todavía más arriba. En el caso de los títulos de empresas (acciones u obligaciones privadas) esto dura hasta que se dé un cambio de coyuntura como resultado de la marcha lenta de las inversiones o del consumo o de un choque exterior, que rompe la inercia de los inversores y los empuje a deshacerse de los títulos más expuestos. En el caso del inmobiliario, el momento en que termina la suba de precios proviene de la saturación de la demanda, el grado de sobre-inversión resultante de “anticipaciones” excesivamente optimista de los promotores inmobiliarios y también de la simple disminución del crecimiento de los ingresos en los hogares.

En los Estados Unidos, la utilización de la casa individual como activo financiero viene de lejos. En el curso de la última década y a despecho del mundo bursátil, las plusvalías realizadas con la compra y venta de casas de habitación individuales fueron la primer fuente (60%) de enriquecimiento patrimonial de los hogares estadounidenses y las plusvalías bursátiles (20%) ocuparon la segunda posición. La práctica de préstamos hipotecarios se generalizó desde hace mucho, pero también y de manera aún mas importante la de titulización de los préstamos hipotecarios poseídos por los bancos. Sobre este dispositivo descansa el sueño americano (más exactamente, el mecanismo de estabilidad social) de acceso a la propiedad de la vivienda. Por eso en el 2002 el sector inmobiliario fue elegido por la Fed y el gobierno federal para relanzar la actividad económica. A medida que la burbuja inmobiliaria se formó, los préstamos hipotecarios ya no fueron ofrecidos solamente a los hogares que disponían de ingreso relativamente altos y estables, sino también a los que no estaban en esa situación. La desreglamentación acelerada de los años 1990 y 2000 permitió el florecimiento de sociedades de préstamos hipotecarios independientes (que hoy la Fed reconoce no poder controlar, ni siquiera supervisar). Son las que están directamente en el origen del mercado de préstamos “suprime” (literalmente “inferiores a la norma de calidad”). Pero para qué préstamos de riesgo muy frágiles y dudosos no sólo fuesen acordados, sino también que los mismos fueran revendidos, era preciso que las sociedad de préstamo hipotecario independientes encontraran sociedades financieras robustas (al menos aparentemente) frente a las cuales ellas pudiesen titulizar los contratos que habían hecho firmar. Y los fondos especulativos de alto riesgo (los Hedge Funds), en general filiales de grandes bancos de inversión o grandes bancos comerciales, aceptaron hacerlo. Estos fondos y sus sociedades madres no son sólo norteamericanos, sino también extranjeras. Esto es lo que provocó un proceso de la rápida propagación de una crisis realmente mundial con el sistema financiero como escenario.

¿Por qué los fondos de colocación especulativos ocuparon un lugar cada vez más importante desde 2002-2003? Debido al débil rendimiento de las obligaciones derivado de la baja en las tasas de interés, así como al estrechamiento de los mercados de acciones (achicamiento relativo, en relación a la masa de “liquideces” que buscaban valorizarse), los inversores institucionales adoptaron y propusieron a sus clientes lo que se llama una “gestión dual”. Por un lado constituyeron carteras de “gestión pasiva”, para cubrir sus costos. Por el otro delegaron la gestión activa de las colocaciones destinadas a ofrecer rendimientos elevados, ya sea a los Hedge Funds (existentes o que ellos mismos crearon), ya sea a los “fondos de fondos”, especialmente de Private Equity, especializados en las OPA con un fuerte efecto de palanca que también constituyeron solos o asociándose. Los Hedge Funds buscan colocaciones con rendimiento alto. Sus estrategias descansan en palancas de préstamos muy elevados, activos de alto riesgo y una rotación muy rápida de sus carteras. Con el 5% de los activos gestionados en el mundo, los Hedge Funds realizan entre un tercio y la mitad de las transacciones diarias combinadas de Nueva York y Londres. El ingreso de nuevos actores en la industria de inversiones financieras en un contexto de liquideces masivas (cuya causa se explica más adelante) exacerbó la competencia. Se asistió entonces a la creación de instrumentos de colocación cada vez más complejos, generalmente basados en la titulización y la creación de lo que la jerga denomina los “productos sintéticos” en los que se realiza un “empaquetamiento” de acreencias de origen y fiabilidad muy distintos. Son los RMBS (Residential Mortage Backed Securities) es decir los títulos adosados a préstamos inmobiliarios; los CDS (Credit Default Swaps) que son derivados de créditos que implica transferencias a través de un interés del riesgo ligado la tendencia de obligaciones de empresas; y finalmente los CDO (Collateralied Debt Obligation), que son “títulos derivados”, es decir el resultado de dos operaciones sucesivas de titulización. Como pudo verse desde agosto, estos títulos mantenidos en “gestión dinámica” por los bancos, contenían generalmente acreencias hipotecarias insolventes.

La desreglamentación del crédito interbancario.

La quiebra en julio del 2007 de dos fondos de riesgo de la banca de inversiones neoyorquina Bear Stearns fue seguida el 4 de agosto por el anuncio de que el banco regional alemán IKW estaba en grandes dificultades y el Ministerio de Finanzas había intervenido para su salvataje. Después se anunció, el 9 de agosto, que BNP- Paribas había congelado tres fondos de riesgo invertidos en subprime, para detener el retiro de los capitales allí colocados por los inversores. La sacudida siguientes se produjo el 22 de agosto cuando se supo que en Nueva York tres grandes bancos habían recurrido a la facilidad de descuento de la Fed por cuenta de sociedades financieras clientes en dificultades, así como también que ese mismo día en Londres Barclays había sufrido el rechazo por el HSBC del crédito interbancario llamado “over nigth “, usual entre bancos para cerrar sus cuentas del día abriendo lo que The Economist llamó una “guerra fría” entre los mayores bancos de la City. Ellos saben que todos tienen inversiones en “productos sintéticos” con títulos sin valor, aunque ignoran en que grado ni con qué nivel de pérdidas potenciales. La incertidumbre se tradujo en una fuerte alza a mediados de agosto del mercado interbancario londinense (el Líbor) en el que los bancos, británicos y extranjeros, se financian y prestan mutuamente, afectando el funcionamiento del crédito interno del sector financiero.

En la configuración del sistema financiero de los años 2000, los fondos de inversión y otras sociedades financieras pudieron volverse, en tiempos normales, hacia el mercado monetario para emitir títulos de deuda de corto plazo (llamados commercial paper), garantizados con algunos de sus activos, de ahí su nombre Asset Backed Commercial Paper (ABCP). Después de agosto, tuvieron grandes dificultades para hacerlo. La capacidad de obtener fondos emitiendo estos ABCP depende de la calidad de los activos a los cuales se adosa la emisión. Hasta agosto los antes mencionados “productos sintéticos” satisfacían ese criterio, pero ya no es así, de modo que los compradores de ABCP se hicieron raros y el mercado se achicó. El estrechamiento del crédito interno del sector financiero, combinado por supuesto con la fuerte disminución de los precios del inmobiliario en el Reino Unido, provocó el episodio siguiente, la situación de cuasi-quiebra de Northen Rock. Durante varios años, esta sociedad que es el quinto establecimiento de préstamos hipotecarios y el octavo banco del sistema británico, obtuvo fuertes ganancias financieras con el ahorro de particulares, pero sobre todo logrando muy fuertes sumas en el mercado de títulos ABCP. Su gestión, al igual que la de las sociedades de Private Equity, se basó en “el efecto palanca” que exige una rotación continua de préstamos elevados de corto plazo. Desde fines de agosto los bancos y los fondos ya no quisieron conceder préstamos a Northen Rock. El banco fue obligado a comunicarlo, provocando la primera fuga de depositantes (bank run) en un país capitalista avanzado desde los años 1930. El Banco de Inglaterra y el gobierno británico se vieron obligados a intervenir para evitar la quiebra. Un proceso análogo de estrechamiento del crédito interno del sector financiero hizo caer una amenaza de quiebra sobre él Hedge Funds de capitales familiares franceses Oddo, considerado hasta el mes de agosto como un modelo de “gestión dinámica “ exitosa. La contracción del crédito interno en el sector financiero es uno de los canales posibles de propagación de la crisis financiera hacia los mercados bursátiles, pues los Hedge Funds en dificultad pero poseedores de una cartera de acciones podrían ser obligados a venderlas. Después de agosto es sobre todo la caída de las cotizaciones de los bancos en su calidad de sociedades cotizantes en Bolsa lo que provocó la caída de los índices bursátiles. Las dificultades que conocieron fondos especulativos importantes acentuaron también las de los bancos.

Hipertrofia de los mercados de activos, acumulación de deudas y teoría del capital ficticio

Si hiciera falta un hilo conductor para caracterizar la historia económica de los países capitalistas industriales avanzados durante las tres últimas décadas, sería el de la acumulación de un monto extremadamente elevado de capital ficticio, y la modificación de las políticas económicas y políticas para asegurar su mantenimiento. En éste período y debido a la misma acumulación, se han producido cambios profundos en la composición del capital ficticio, en el sentido de un continuo aumento del carácter puramente ilusorio, imaginario, de los títulos que componen ese capital y deben liberar “ganancias”, así como de los peligros cada vez mayores que su emisión y su intercambio hacen pesar sobre el sistema financiero mundializado. Los mismos defensores de este sistema hablan de “fuga hacia adelante” y de decisiones que permitieron “que el genio se escape de la botella”, etc..

La categoría de “capital ficticio” se encuentra únicamente en Marx. Esboza sus contornos cuando escribe sobre el capital de préstamo a interés, pero también cuando examina la actividad de creación de crédito por los bancos. El término define la naturaleza de los títulos emitidos en contrapartida de préstamos a las entidades públicas o empresas (las obligaciones), o en reconocimiento a la participación en el financiamiento (generalmente inicial) del capital de una empresa (las acciones).

El contenido económico de estos títulos está dado por la pretensión de participar en la distribución de la ganancia (en una magnitud fijada por normas referidas al valor de las acciones) o a obtener beneficios vía el servicio de la deuda pública y la redistribución de ingresos centralizados impositivamente[15]. Para sus poseedores, estos títulos que pueden ser negociables en cualquier momento en mercados especializados representan un “capital”, del que se espera un rendimiento regular bajo la forma de intereses y dividendos (una “capitalización”). Vistos desde el ángulo del movimiento de capital productivo de valor y plusvalor, tales títulos no son capital, en el mejor de los casos son el “recuerdo” de una lejana inversión; pero para sus poseedores son un “capital” no solamente por la apropiación de valor que posibilitan, sino por la posibilidad de cederlos sobre los mercados financieros y recuperar sumas líquidas que pueden ser nuevamente colocadas, consumidas o invertidas en el sentido preciso de la palabra.

El crédito creado por los bancos conlleva también una dimensión de creación de capital ficticio, y aunque asume diversas formas y puede ser más o menos importante, significa en definitiva que los bancos ponen a disposición de los “agentes económicos” sumas que no tienen. Para las empresas, son sumas que les permiten ya sea esperar pagos por venir, ya sea completar su propio capital en el momento de inversiones en actividades creadoras de valor y plusvalor. Para los particulares a los que se concede crédito, son sumas más allá de su ahorro y de sus ingresos corrientes, les permite construir o comprar una casa o comprar bienes de consumo. Las operaciones de creación de capital ficticio para las empresas o de medios ficticios para hacer compras implican un aumento de la masa monetaria en circulación. Son también un factor de riesgo. Los créditos creados necesariamente sobrepasa ampliamente el monto de las sumas depositadas en los bancos (cuya principal fuente en los países capitalistas avanzados es hoy el depósito de los salarios mensualizados): la cuestión es saber cual es la amplitud tolerable sin que el riesgo sea excesivo. Por ambas razones, durante mucho tiempo la principal misión de los bancos centrales fue vigilar a los bancos y controlar la amplitud de esta actividad de creación de crédito. Haciéndolo limitaban, de hecho, el monto de capital ficticio creado en el sector bancario.

Marx, que había advertido la importancia crucial del sistema de crédito para la fluidez de la producción, subrayó también que existían fuerzas que dificultaban su control:

No solamente la mayor parte de los activos de los bancos es ficticio, puesto que está compuesto por títulos y esta clase de riqueza en dinero imaginario constituye una parte considerable no sólo de la riqueza en dinero de los particulares, sino también, como ya hemos dicho, de los banqueros.[16]

pero además

Al desarrollarse el capital a interés y el sistema de crédito, parece duplicarse y a veces triplicarse todo el capital por el diverso modo a como el mismo capital o simplemente el mismo título de deuda aparece en distintas manos bajo distintas formas.

Y precisa:

La mayor parte de este “capital-dinero” es puramente ficticio. Todos los depósitos con excepción del fondo de reserva, no son más que saldos en poder del banquero, pero no existen nunca en depósito. Cuando sirven para las operaciones de giros, funcionan como capital para el banquero, una vez que éste los presta. Los banqueros se pagan recíprocamente las mutuas asignaciones sobre los depósitos no existentes mediante operaciones de descargo en estos saldos.[17]

La acumulación de títulos y acreencias que ha tenido lugar desde hace casi cuarenta años fue inicialmente resultado por así decirlo mecánico del proceso en que intereses y dividendos pasaban a ser colocados en nuevos títulos. Y dado que el carácter ficticio de esta forma de capital no anula, sino que por el contrario exacerba su peso económico, político y social, el aumento del “poder de la finanza” contribuyó a reforzar el conjunto de los mecanismos conducentes a la acentuación de la desigualdad de ingresos, alimentando un flujo continuo de sumas en busca de colocación.

Estas sumas llegaron del conjunto del mundo y se incrementaron aún más con el reflujo en 1997-98 de los capitales que estaban colocados en Asia. El aumento de la masa de capitales a colocar o recolocar provocó ulteriores desarrollos. En primer lugar, los inversores financieros, comenzando por los inversores institucionales, ya no se conformaron con el rendimiento de sus carteras en intereses y dividendos. Ellos pasaron, para satisfacer las normas del “corporate gobernance” a una gestión llamada de “total return” en la cual el monto de las ganancias resultantes de la venta o del intercambio de títulos con alta cotización bursátil pasó a ser un elemento decisivo, e incluso el más decisivo para la evaluación de la performance de los gestores. Los grupos industriales comenzaron a recomprar sus títulos en Bolsa para sostener su valor y obtuvieron los fondos para tal inversión endeudándose. Este disparate es la expresión de una situación en que las exigencias de acumulación de capital ficticio se imponen por encima de las del capital orientado hacia la puesta en marcha trabajo asalariado y la apropiación de plustrabajo.

La titulización y la naturaleza de las ganancias obtenidas en la esfera financiera

El “total return” no fue más que una etapa. Con la agonía de los mercados bursátiles después del 2001-2002 y la caída de las tasas de interés a medio y largo plazo provocada por los efectos inflacionistas nacidos con la crisis asiática y luego por el monto cada vez más elevado de los excedentes comerciales y las reservas cambiarias de China, de India e incluso de Brasil en busca de colocación, los inversores institucionales adoptaron la “gestión dual”, como explicamos. E hicieron que los Hedge Funds, tratados con mucha desconfianza tras el salvataje obligado de LTCM, pasaran a ser instituciones “respetables” cuyas performances de rendimiento para los inversores fueron esperadas y admiradas. Nadie lo objetó. ¿Por qué? Porque los inversores financieros, así como también los bancos centrales creyeron tener finalmente una técnica milagrosa que garantizaba al sistema bancario contra el riesgo: la titulización generalizada. ¿Qué es esta titulización (en francés “titrisation”, aunque la expresión original en inglés es “securitization”)? Pues consiste en “transformar las acreencias en manos de establecimientos de crédito, sociedades financieras, compañías de seguros o sociedades comerciales (las cuentas-cliente) en títulos negociables”[18]. Estos títulos tienen nombres estrafalarios pero es obligado mencionarlos. Están en primer lugar los RMDS (Resiential Mortgage Backet Securities), adosados a los préstamos inmobiliarios. Se encuentran luego los CDS (Credit Default Swaps), derivados de crédito que conllevan la transferencia con intereses y elevadas comisiones del riesgo ligado a la posesión de obligaciones de empresas (estos CDS eran instrumentos de cobertura de riesgo, pero pasaron a ser instrumentos de colocación especulativa). Están finalmente los CDO (Collateralized Debt Obligations), que son “títulos derivados de títulos” que suponen dos operaciones sucesivas de titulización y una total opacidad sobre la composición del “producto sintético”. Han jugado un rol muy importante en la marcha de la crisis.

El autor del pequeño léxico del que tomé la definición de titulización agrega que esta técnica presenta múltiples ventajas:

brinda la oportunidad de diversificar las fuentes de financiamiento, la transferencia a terceros de la gestión de los reembolsos anticipados y por lo tanto del riesgo de la tasa de refinanciamiento, el respeto de las porcentajes de solvencia bancaria (ratio Cooke) y la creación de un nuevo producto financiero que pasa a ser negociables en un mercado.

Y concluye:

el advenimiento de la titulización constituye una revolución financiera fundamental en la medida en que esta técnica representa la generalización de la transferencia de los riegos a quienes en mejores condiciones de asumirlos están.[19]

Son palabras que reflejan la opinión casi unánime de los profesionales de las finanzas, que siguen proclamando que no hay que cuestionar la titulización. Pero como lo ha mostrado el curso de la crisis hipotecaria y su transformación en crisis de liquidez del sistema financiero, es un espejismo creer que existirían prestamistas “en mejores condiciones de asumir el riesgo” asegurando la perennidad de la cadena de créditos transferidos en cascada. Lo único que hay son fondos dispuestos a asumir riesgos más elevado que otros en el marco de un sistema extraordinariamente opaco, desprovisto del cualquier mecanismo de regulación y alimentado por la “sobre-liquidez” de capital ficticio y que, en determinado momento, ya no encuentran a nadie sobre quien descargarse.

Las “ventajas” que se atribuyen a la titulización parecen responder como un eco a la cita de Marx que antes hicimos. Y una de estas “ventajas”, completamente contemporánea, tiene que ver con la utilización de la titulización por los bancos para evadir (aunque respetando formalmente) las reglas que el Banco de Reglements Internacionales (BRI) intentó montar, especialmente en lo referido a los niveles mínimos de fondos propios. La titulización permitió que los bancos colocaran en una contabilidad paralela, llamada “fuera de balance”, un monto cada vez más elevados de acreencias. La incertidumbre relativa a la dimensión de estos compromisos fuera de contabilidad formal es una de las causas de inquietud de los especialistas en cuanto la posibilidad de que se produzca un “crédit crunch” en el sentido fuerte, es decir una contracción del crédito a la economía. El recurso la titulización así como la filialización por los bancos de los fondos riesgosos es una etapa más en la des-especialización de los bancos desde que la liberalización financiera puso fin a su primacía en materia de préstamos a las empresas. Bajo efectos de la competencia de los fondos de pensión y de los Mutual Funds, los bancos se lanzaron a préstamos remunerativos pero cada vez más riesgosos. Estuvieron en el corazón de la crisis hipotecaria de 1990-92. Luego se hicieron cargo del refinanciamiento de los créditos bancarios emitidos en los países del sudeste asiático hasta retirarse brutalmente en 1997, con pérdidas en algunos casos, especialmente en Indonesia. Después del 2004, se lanzaron a los mercados de efectos titulizados por intermedio de filiales de alto riesgo. Y hoy están tocados por el estallido de la burbuja inmobiliaria.

Queda por abordar un último aspecto de los cambios que tuvieron lugar en la composición del capital ficticio en estos veinte años: la aparición, al lado de la búsqueda de intereses y de dividendos, de lo que se puede llamar “ganancias ficticias”. Venían de antes, pero con un rol muy secundario. Es lo que expresaba el término “windfall profits” utilizado en los años 1920-1930 para designar las ganancias resultantes de especulaciones bursátiles exitosas. Los “profits fictifs “ se oponen a las “acreencias fuertes “ asociadas a la acumulación de capital-dinero a interés, es decir con pretensiones de llegar a compartir el valor y plusvalor bajo la forma de pago de intereses sobre los préstamos al estado y dividendos a que alude la expresión “dictadura de los acreedores”. Las “acreencias fuertes” están asentadas sobre mecanismos económicos y medios de coerción política que garantizan su efectividad excepto en caso de muy grandes crisis, guerras o revoluciones (por ejemplo, los “títulos rusos” perdidos en 1917). Se está ante “capital ficticio” en el sentido ya explicado (capital para los poseedores de títulos, vestigio de inversiones pasadas desde el punto de vista del movimiento de acumulación propiamente dicho), pero posibilita transferencia de valor y de plus-valor hacia grupos sociales con rasgos parasitarios que no son para nada de ficticios. En el momento de los crack financieros, el carácter ficticio de los títulos se descubre a expensas de su poseedores. Pero hasta entonces, son instrumentos de transferencias muy reales, que modifican la distribución del ingreso y que pesan sobre las inversiones.

La otra gran forma de acreencias que da lugar a una transferencia efectiva de ingresos, tomado sobre los salarios para los préstamos a los particulares y sobre las ganancias para los préstamos a las empresas, es la que nace del crédito. La fuerza de estas acreencias es menor, a veces muy débil. La capacidad de los acreedores de imponer el pago tiene límites. Así lo prueban las “acreencias dudosas” que exigen precauciones especiales por parte de los bancos, pues la quiebra de los deudores ocasiona verdaderas pérdidas para los prestamistas. En todo caso, lo novedoso fue la aparición (desde mediados de los años 1990 y más aceleradamente a partir del 2001) junto a las acciones y las obligaciones, de un monto cada vez más elevado de títulos cuya valorización descansa únicamente en un proceso de circulación interno a la esfera financiera. La ficción alcanza su punto culminante pues el “valor” de estos títulos sólo se mantiene en tanto y en cuanto su circulación no se interrumpa, y las sociedades financieras continúen aceptándose los títulos de unas y otras entre sí. Las “ganancias” provenientes de ocuparse de estos títulos y de la liquidación exitosa de las deudas subyacentes son “ganancias ficticias”. Con el pasaje al “total return” y la formación de la burbuja del Nasdaq, las “ganancias ficticias” cobraron mayor importancia. La crisis en desarrollo demuestra que la titulización pero también un conjunto de prácticas desarrollada por los bancos de inversiones y los “Hedge Funds” han relegado esta forma a un segundo plano. En un reciente trabajo, Reynaldo Carcagnolo y Paulo Nakatani[20] atribuyen a las “ganancias ficticias” la recuperación de la curva de la tasa de ganancia durante los años 90. Un artículo de The Economist atestigua de la importancia de las sumas provenientes de las especulaciones y las comisiones por la gestión de las sociedades financieras así como de su inclusión (en los Estados Unidos) en las contabilidades bajo la rúbrica “ganancias”[21]. También son incluidos por las sociedades cotizantes en Bolsa en sus ganancias operacionales (operating earnings) y además están incluidas en las ganancias registradas en la contabilidad nacional. Las “ganancias” sacadas de las colocaciones y las especulaciones financieras representa el 27% de las ganancias de las 500 sociedades del index Standard & Poor y una tercera parte del crecimiento de las ganancias de las sociedades norteamericanas en la última década se debería a las sociedades financieras (todas las cifras provienen del artículo de The Economist). Pero es imposible acordar con Carcagnolo y Nakatani cuando escriben que estas ganancias fueron un “nuevo factor poderoso que vino a contrarrestar la baja tendencia de la tasa de ganancia”. Los factores que contrarrestaron pasajeramente la baja de la tasa de ganancia deben ser buscados en otra parte: sólo los factores que afecten la tasa de explotación o el precio de los elementos constitutivos del capital constante pueden hacerlo. Las “ganancias ficticias” son una emanación de la hipertrofia financiera y están condicionadas por su extrema vulnerabilidad. Hoy los especialistas, incluido el autor del artículo del The Economist, esperan que caigan fuertemente provocando impactos macroeconómicos coyunturales posiblemente serios, y por lo tanto con rebote sobre la actividad de las empresas.

Los gastados medios de acción de los bancos centrales y la rivalidad de las monedas.

La política monetaria se ha convertido en el principal medio de política económica anticicíclica. Está conducida por los bancos centrales junto con los gobiernos en todas partes, excepto en la zona del euro donde prevalece la sacrosanta independencia del Banco Central Europeo. Esta política descansa esencialmente en dos instrumentos: la creación de liquidez en beneficio de los bancos o de otras sociedades financieras en dificultad y la baja de las tasas de interés directrices que fijan el precio de los préstamos a corto plazo. Pero lo que estos dos medios de manejo de la crisis financiera tienden a mostrar, es que los bancos centrales han quemado sus cartuchos o tienen en el mejor de los casos cartuchos mojados. La Fed, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo pusieron a disposición de las sociedades financieras en dificultades créditos importantes sin lograr con esto detener la progresión de la crisis en el seno del sistema financiero. La Fed bajó sus tasas medio punto, lo que es una baja importante, el 18 de septiembre. La Bolsa se regocijó, pero al día siguiente los comentadores serios explicaban que eso no tendría ningún impacto sobre el mercado hipotecario y como máximo frenaría el proceso de contagio hacia otros sectores de la economía norteamericana.

Estos instrumentos están gastados por dos razones: su utilización reiterada, y el desborde de los bancos centrales por mecanismos resultantes de la mundialización financiera. Michel Aglietta es quien da la explicación más seria del primer aspecto: son las exigencias y los efectos del régimen del valor accionarial que llevaron a su utilización reiterada. Vale la pena citar a Aglietta extensamente, testimoniando de paso el abandono implícito pero impactante de las tesis que defendía en 1997 con respecto a los encadenamientos virtuosos del “capitalismo de mañana”:

para mantener una ganancia alta y regular hace falta una demanda dinámica. La misma no puede provenir de los países emergentes, porque están en situación estructural de balanza de pagos excedente. No puede provenir de los ingresos salariales, cuyo crecimiento es débil. Proviene de los ingresos distribuidos a los accionistas y a la elite dirigente, pero la masa global de estos ingresos es insuficiente para sostener una demanda agregada y creciente rápida. El capitalismo contemporáneo encuentra la demanda que permite realizar las exigencias del valor accionarial en el crédito a los hogares. Este proceso alcanza su paroxismo en los Estados Unidos. Alimenta los desequilibrios financieros globales que se acumulan siguiendo una pendiente sin contra-tendencia. El lazo del crédito y el principio del valor accionarial es estrecho. Empujando al alza de los precios de los activos patrimoniales, el crédito desconecta el consumo del ingreso disponible.[22]

El recurso a tal procedimiento necesariamente tiene un límite. Llega el momento en que el precio de los activos patrimoniales, sobre todo los activos inmobiliarios, ya no puede subir, comienza a estancarse y luego a bajar, a causa de los mecanismos endógenos de todo ciclo, especialmente los que terminan en burbuja financiera. El consumo no puede tampoco ser relanzado indefinidamente mediante el crédito, porque el endeudamiento ya es muy alto. El banco central quiere socorrer a sociedades financieras proveyéndoles liquideces de urgencia y bajando la tasa de interés sobre la que todavía se apoya: pero no es suficiente, y el movimiento hacia la recesión continúa. Así se constata tras dos meses de intervención de la Fed bajo la dirección de Ben Bernanke, el desdichado heredero de Alan Greenspan, que fue quien utilizó los “instrumentos de banquero central” hasta gastarlos.

El agotamiento de la eficacia de medios demasiado utilizados se conjuga con la total pérdida del control de los bancos centrales sobre variables que tradicionalmente debían manejar sino controlar: la cantidad de las monedas de distinto tipo en circulación. La integración de los mercados financieros nacionales en un espacio de circulación de capital dinero ahora mundializado en el sentido fuerte de la palabra se lo impide. Para lograrlo, deberían desarrollar entre ellos una cooperación muy estrecha. El aumento descontrolado de la masa de divisas y de simples escrituras que se presentan como “monedas” tuvo en particular dos causas. La primera es lo que se llama “carry trade”. Sobre todo se acusa a Japón. El banco central fue forzado a mantener sus tasas de intereses directrices en un nivel muy bajo en la esperanza de relanzar la demanda interior. En otras partes, las tasas fueron más altas, siempre superiores en tres o cuatro puntos y en el caso de países como Brasil, la distancia fue mucho mayor aún. Cualquier sociedad financiera instalada en la plaza de Tokio, fuese japonesa o una filial extranjera, tuvo la posibilidad de jugar sobre el diferencial de remuneración del dinero para comprar activos financieros en donde a ellos les resultaban muy barato. Como dijimos, sólo una estrecha cooperación entre los bancos centrales para poder nivelaran las tasas directrices podría terminar con esa práctica. ¡Y sería necesario mucho más todavía para controlar el monto de las liquideces mundiales! Y aquí llegamos a la segunda causa: el aumento de la liquidez mundial. Son las reservas, sobre todo en dólares y un poco en otras grandes monedas, resultantes de los excedentes comerciales de los nuevos países industriales de Asia, de los países beneficiarios de rentas energéticas “petróleo y gas” (mientras duren) y de los países exportadores de productos mineros y agroindustriales (Brasil, etcétera). Su monto justificaría una cooperación entre bancos centrales que condujese a la esterilización de una fracción muy alta de las reservas. Pero estamos lejos de esto. Los Estados Unidos no mostraron hasta el presente ningún interés, pues las reservas extranjeras han financiado el déficit presupuestario norteamericano y fueron incluso llevadas a los mercados de titulización de las deudas de los particulares. Michel Aglietta da estas cifras: sobre los 850 mil millones de dólares de capitales extranjeros que requiere el financiamiento de la economía norteamericana, solamente 170 mil provienen de otros bancos centrales y 680 de los inversores privados, 600 mil millones de ellos como billetes de Tesorería u obligaciones en promedio al primer trimestre del año 2006. Estos títulos están emitidos por empresas no financieras y financieras y surgen sobre todo de la titulización de los créditos. Los no residentes aseguran el 50% del refinanciamiento de la deuda de los hogares. Y subraya que “esta repartición del financiamiento externo de los Estados Unidos entre los bancos centrales y los inversores privados extranjeros es estructural”[23].

Lejos de sentar las bases de una cooperación sobre tasas de cambio y regulación de la liquidez global en función de las necesidades de pagos internacionales, las autoridades políticas y monetarias de los países o de las uniones económicas con monedas importantes, se encierran en atender cada uno sus intereses o en políticas que traducen impases institucionales profundos. Vemos algunos pocos ejemplos. La Fed bajó su tasas de interés respondiendo a presiones internas en los Estados Unidos, la medida no tenía prácticamente ninguna posibilidad de lograr algo más que frenar el movimiento hacia la recesión, pero tuvo en cambio un impacto inmediato en la tasa de cambio del dólar con las otras monedas. El alza del euro así provocado, de rebote contribuirá la propagar la recesión hacia los países miembros de la zona euro, con el inmediato aumento de las tensiones entre esos países que deben enfrentar a la mundialización desde economías sensiblemente diferente. El estallido del euro, en caso de que el Banco Central Europeo siga conduciendo una política cuyo peso solo Alemania puede soportar, está siendo discutido abiertamente por economistas con responsabilidades en la esfera financiera. El principal escenario de riesgo sistémico monetario y financiero es el que podría nacer de la baja del dólar más allá de cierto umbral (que nadie puede adivinar). La pérdida de confianza en el dólar en los mercados financieros internacionales obligaría a los bancos centrales de Asia a dejar de sostener la moneda norteamericana. La especulación contra el dólar se desencadenaría.

Las interdependencias de mercado harían entonces su trabajo: alza de las tasas de interés norteamericanas; caída de los precios de los activos en el mundo; revelación de los sobre-endeudamiento de numerosos agentes económicos en muchos países; y por lo tanto recesión mundial por deflación de balances.[24]

La posición estratégica de Asia en el desarrollo de la crisis financiera.

A fin de octubre del 2007, parecía perfilarse una desaceleración de la producción y el empleo en los Estados Unidos, pero también en Europa. En los Estados Unidos, lo motoriza el cambio de signo del mercado inmobiliario. Más allá del desgaste de los medios de intervención monetarios, los efectos de la burbuja en las actividades inmobiliarias son en todo caso mucho más amplios y mucho menos fáciles de absorber que un crack bursátil. El servicio de estudios económicos de Goldman Sachs titula “Inmobiliario Estados Unidos, un círculo vicioso con raíces profundas “ y calcula que sus efectos durarán varios meses. El 16 de octubre, la publicación del índice de los indicadores de las previsiones de los profesionales (las peores desde 1985) y sobre el número de quiebras individuales (las más numerosas desde hace 20 años), fue continuado por las declaraciones del presidente de la Fed y del Secretario de Estado del Tesoro sobre la gravedad de la crisis del inmobiliario privado. The Economist plantea interrogantes sobre la situación en el inmobiliario de oficinas. Los operadores en la Bolsa actúan de manera completamente irracional. El Wall Street Journal del 1 de octubre 2007 ironiza tras la suba de cotizaciones que siguió al anuncio de las pérdidas del tercer trimestre de los bancos Citibank y UBS, “¿qué calamidad será necesaria para hacer que los inversores comprendan la situación?”. A fin de octubre The Economist constata que “la euforia de fines de septiembre de los inversores financieros se evaporó”. La tasa de crecimiento del tercer trimestre fue superior a lo esperado, pero en los Estados Unidos se espera un cuarto trimestre en el que se conjuguen el efecto de la crisis inmobiliaria y de la suba del precio del petróleo. Por esto la Fed nuevamente bajó sus tasas un cuarto punto el 31 de octubre de 2007. Europa sufre ahora los efectos no sólo de las tasas de cambio muy elevadas del euro, sino también los de la suba del barril de petroleo y los productos alimenticios. La coyuntura alemana muestra signos contradictorios. En septiembre el índice de confianza de los empresarios alemanes publicado por el instituto privado de coyuntura IFO bajó por cuarta vez consecutiva. El choque subjetivo del anuncio de que los bancos alemanes fueron bañados por la especulación subprima fue seguido por la disminución del consumo interno a consecuencia del fuerte alza de los precios alimenticios y el aumento de la TVA. La economía está motorizada por las exportaciones, es decir por Asia.

Asia y sobre todo China determinarán el rumbo de la crisis financiera. Esta parte de la economía mundial es escudriñada por los economistas de los países industriales. Buscan mecanismos estabilizadores capaces de contrarrestar los riesgos de crisis que operan en los Estados Unidos y Europa. Buscan también datos que confirmen o desmientan los temores de sobre acumulación. El “modelo de crecimiento” de China es del llamado “arrastrado por las exportaciones”. Más del 40% del producto interior bruto chino depende de sus exportaciones. Después del 2005 las exportaciones netas representan la tercera parte del crecimiento chino. Los Estados Unidos son el principal mercado de China. Se estima que el grupo de distribución Wal-Mart, que posee una red densa de tercerización en China, asegura cerca del 10% de las ventas chinas en el exterior, la mayor parte a los Estados Unidos. China buscará compensar el desaceleramiento de la demanda norteamericana volviéndose hacia otros mercados, pero puede llegar el momento en el que, como ocurrió con Corea en octubre de 1997, los efectos de la sobre acumulación se transformen en factor inmediato de propagación internacional de la crisis. Las inversiones representan el 45% del producto interior bruto y siguen aumentando a un ritmo del 25% anual.

China tiene mecanismos de sobre acumulación específicos, de los que habla Michel Aglietta en el libro que escribió con Laurent Berrebi. La anarquía de la competencia inherente al capitalismo, uno de cuyos efectos clásicos es la sobre acumulación, en China está también alimentado por las rivalidades entre los aparatos políticos de las ciudades grandes o muy grandes y de las provincias, así como por la corrupción. A pesar de las medidas en principio estrictas prohibiendo nuevas inversiones,

el gobierno tiene dificultad para frenar los gastos en el inmobiliario, las infraestructuras camineras y nuevas construcciones de fábricas. Esta situación se debe en parte a las provincias y a los industriales locales. Los primeros buscan afirmar su autonomía frente al poder central y alientan indiscriminadamente la implantación de industrias locales, los segundos buscan aprovechar la euforia general.. [25]

Los bancos, que las autoridades controlan con mucha dificultad, alimentan las inversiones con créditos y a pesar del anuncio de que el monto de las acreencias bancarias dudosas disminuyó, una crisis del sistema bancario es posible en cualquier momento. Con ganas de encontrar en China los mecanismos estabilizadores que necesita el capitalismo mundial, The Economist se tranquiliza diciendo que las inmensas reservas cambiarias permitirán que el gobierno evite el hundimiento sistema bancario. Pero todos los observadores acuerdan en que el único remedio para la superproducción sería una reorientación de la actividad económica desde un crecimiento extravertido a un crecimiento más autocentrado. Más allá de la nueva “clase media” beneficiada por las repercusiones de la integración de China a la economía mundial, esto supondría cambios relativos a la libertad de organización política, el derecho de los asalariados a construir sindicatos independientes y defender sus reivindicaciones mediante huelgas. En un libro específicamente referido a China escrito por Michel Aglietta con Yves Landry, se recuerda que

pasada la fase de recuperación cuantitativa donde bastaba investir para generar crecimiento, viene la fase cualitativa donde sólo el mejoramiento de la productividad y el reforzamiento institucional sostienen el crecimiento y lo transforman en desarrollo durable. En esta segunda etapa, los factores clave son la educación, la valorización de la iniciativa y la creatividad, que permiten la emergencia de nuevos modos de organización y nuevas estructuras. La libertad de debate y la presencia de contra poderes son entonces elementos esenciales que dan una flexibilidad indispensable a las estructuras.

Estos autores constatan sobriamente que “China todavía está lejos”[26]. El tenor de los debates en el Congreso del Partido Comunista chino acaba de confirmarlo estrepitosamente.

En su dossier sobre China[27], The Economist da mucha importancia a las exportaciones chinas hacia la Unión Europea, que han comenzado a crecer más que los dirigidos hacia América del Norte. La Unión Europea está totalmente abierta a la economía mundial y está paralizada políticamente. Ambas cosas son mucho menos ciertas en los Estados Unidos. Sin duda se asistirá entonces a un ascenso de medidas proteccionistas que los enfrentarán con China. Para completar la valoración del lugar de China en la red mundial de mecanismos potenciales de propagación de crisis se debería incluir sus relaciones con los países vecinos de Asia, así como también con la parte de la economía mundial que no hemos considerado en este texto y quedará para otro artículo. Los países que proveen a China los productos de base y los productos alimenticios que requiere, sólo serían afectados si entrara en recesión y crisis abierta de sobre acumulación. No ocurre lo mismo con los países que producen el mismo tipo de productos, por ejemplo textiles. Ellos, por ejemplo Túnez y Marruecos, sufren ya de lleno la competencia de China. Incluso una contracción limitada la capacidad de los Estados Unidos y de la Unión Europea para recibir las importaciones provenientes de China y otros países de Asia acentuará la presión de las mercancías asiáticas sobre ellos y agravará sus dificultades.

La hipótesis sostenida en este artículo es que la economía mundial se dirige hacia una crisis relativamente importante. Dado que toda crisis lleva la marca del momento en que surge y de las contradicciones características del mismo, esto es lo que el artículo procuró aclarar. Toda crisis de cierta amplitud nos recuerda el carácter y los límites históricos del capitalismo: seguramente tendremos más oportunidades de referirnos a ello, sabiendo de todos modos que eso no basta para asegurar su superación.



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1
I. EL IMPACTO DE LA GLOBALIZACIÓN
Comienzo por un hecho obvio pero que conviene recordar: vivimos una época inusitada en la
historia de la humanidad, en términos de la magnitud y velocidad de los cambios de todo orden que
están ocurriendo. Cincuenta, veinte y hasta diez años atrás nadie pudo predecir, o siquiera imaginar,
esos cambios y mucho menos su impacto combinado. A ellos solemos ponerle un nombre, globalización,
que abarca muchas cosas diferentes pero que sin embargo tienen algunos aspectos en común. Uno de
ellos es que en buena parte operan por medio de mercados--de bienes, de servicios y de ideas-casi
siempre imperfectos pero mercados al fin. Otros aspectos comunes implican un movimiento
contrapuesto. Por un lado observamos, objetivamente, el rápido achicamiento del mundo, evidenciado
por la enorme velocidad y amplitud de los bienes materiales e inmateriales que se mueven, cada vez con
menos obstáculos, en el planeta. Por el otro lado, ese achicamiento se contrapone, y en realidad se
complementa, por un aspecto subjetivo: el del ensanchamiento geográfico y temporal con que la
conciencia moderna se piensa a sí misma y a su circunstancia. Cada vez más, mucho de lo que nos
ocurre es originado, o determinado, en ámbitos más amplios y más transnacionales que los de hace
pocos años.
El movimiento combinado del achicamiento objetivo del mundo y del ensanchamiento de
nuestras conciencias produce, sin duda, muchas cosas buenas, algunas de las cuales registraré abajo.
Pero, junto con otros factores que no es del caso analizar aquí, porque no pertenecen directamente a
la problemática de la globalizacion, ella también produce fenómenos que se traducen en la manifiesta
angustia y desorientación contemporáneas. Simplificando puede decirse que estos fenómenos son dos
y están cercanamente relacionados: la sensación que el destino individual, el de muchos de nuestros
emprendimientos y hasta el de los países enteros, está mas influido que nunca por fuerzas y actores que
operan más allá de nuestra capacidad de controlarlas.
El otro fenómeno es la erosión de todo tipo de fronteras, tanto de la vida individual (que antes
podrá concebirse circunscripta a la comunidad o país donde uno vivía) como, y esto es lo que me
importa enfatizar aquí, de los Estados nacionales. Hoy capitales, transacciones, ideas y personas se
mueven por el mundo con lo que hasta hace poco hubiera parecido una inusitada y, en varios sentidos,
inconveniente libertad.

Estos procesos coexisten paradójicamente con otros, también a escala mundial, los de
democratización. Digo que paradójicamente porque, salvo utopías de una ciudadanía mundial que está
muy lejana y de todas maneras no me parece recomendable, la democracia presupone un Estado fuerte
y bien delimitado. No hay democracia sin ciudadanía, y no hay ciudadanía sin la base territorial que
provee el Estado--salvo casos excepcionales, todos somos ciudadanos en tanto somos miembros de
un cierto Estado. Esta ciudadanía no incluye solo él--por cierto muy importante--derecho del libre voto.
También incluye, en la vida cotidiana de la sociedad, derechos y obligaciones que el Estado establece
y garantiza mediante su sistema legal. Además, cuando la ciudadanía se expresa como pueblo o nación,
ella constituye un sistema de solidaridades, un sentido de pertenencia a un "nosotros" que tiene como
central referencia al Estado, a la población y al territorio que aquel delimita.
La erosión de todo tipo de fronteras a la que tiende la globalización se contrapone con lo que
parece ser la tendencia humana a generar y mantener sistemas de solidaridad territorialmente acotados,
incluso la clara delimitación territorial presupuesta por la democracia y la ciudadanía. Esto plantea por
lo menos tres preguntas. La primera, como no luchar autodestructivamente contra los vientos de la
globalización sino más bien, si se me permite la imagen, digerir sus principales consecuencias negativas.
La segunda pregunta es cómo lograr que el Estado sea un techo acogedor para su población, sobre
todo para aquellos que sufren muchos de los perjuicios pero gozan de pocas de las ventajas de la
globalización. Y, tercera, como ir construyendo y expandiendo regímenes democráticos basados en una
ciudadanía que nutre una sociedad civil activa, creativa y autociente de sus derechos y obligaciones.
Estos son desafíos colosales, mucho mayores que los que en su momento debieron enfrentar las viejas
democracias del Norte--aunque ellas también deban hoy preguntarse como encarar estos mismos
problemas. Volveré sobre estos temas, pero antes me permitiré una disgresión.
II. LA MAGNITUD DE LOS CAMBIOS
Dije que vivimos una época signada por cambios de enorme magnitud y rapidez. Estos son
cambios a nivel mundial, que impactan cada rincón del planeta. Aunque retrospectivamente los cambios
ocurridos parecen menores, hubo otra época, aproximadamente entre 1850 y la primera guerra mundial,
cuando también se sintió que una época moría y otra nacía confusa y amenazadoramente. Se trata
entonces de la veloz expansión de la industria, de la urbanización y de la participación política de los
sectores populares en los países centrales y, junto con ella, de la expansión del capitalismo y del
colonialismo a escala propiamente mundial. La consecuente sensación de vértigo llevó a algunas grandes
cabezas a formular sus grandes, clásicas síntesis: Weber, Durkheim, Marx, Darwin, Freud y otros
intentaron encontrar sentido y dirección a la historia que vivían. Aun nos alimentamos de las ideas de
estos genios. Pero estamos condenados a sentirnos lejanos de ellos, no solo por todo lo que ha pasado
y cambiado desde entonces sino también, y sobre todo, porque hoy ya no podemos tener la gran ilusión
que los movía: tener conocimiento suficiente, empírico y teórico, para desentrañar el sentido de la
historia e indicar las líneas generales, pesimistas u optimistas, en las cuales la historia se seguiría
desplegando en el futuro. Hoy sabemos que no podemos saber tanto.
La inmensa complejidad de las sociedades nacionales y de la sociedad mundial en su conjunto
y la magnitud de los cambios que experimentan, prohíben (o hacen fútiles, si no grotescos) intentar
repetir los intentos totalizadores de nuestros geniales predecesores. Sólo conocemos partes, pedazos,
de una sociedad cada vez mas globalizada, y porque globalizada también
también más compleja ymultidimensional. Sabemos, asimismo, que las características de esas partes y, sobre todo, sus posibles
direcciones de cambio dependen no solo de ellas mismas sino también de un complejo y cambiante
conjunto de factores transnacionales e internacionales. Sobre este conjunto, como acabo de decir, no
tenemos, ni creo que lleguemos a tener, la teoría general que nuestros más osados predecesores
creyeron poder formular.
La consecuencia es que líderes políticos y sociales, intelectuales y, lo sepan o no, todos los
habitantes de este mundo de hoy navegamos este huracán de cambios de la globalización casi sin
brújula, con limitados y, demasiadas veces, desactualizados mapas. Tantos cambios y tan pocos mapas
son una de las fuentes principales del malestar de la incertidumbre y desasosiego que tanto se manifiesta
en el mundo actual. Esto es especialmente cierto desde que, no hace mucho, caducó la última gran
ilusión de nuestra época y, con ella, los argumentos, reconozcamos que un poco grotescos, que
finalmente la historia había encontrado su feliz culminación. Me refiero a lo que hace poco, pero parece
que hace tanto, fue la creencia que el colapso del comunismo permitiría que los países convergieran en
un mundo de salidas democracias y prósperas economías.
La resultante angustia ante tormentas que no sabemos como domesticar ni donde nos conducen
tiende a provocar reacciones entendibles pero lamentables. Una de ellas refuerza una tendencia que, por
razones que no voy a examinar aquí, viene de antes: parcelar el conocimiento, hacerse experto de
algo--que muchas veces es importante e interesante--sin querer ni saber preguntarse como ese "algo"
se relaciona con otros temas y problemas. Dicho de otro modo, el conocimiento estrechamente técnico
es indispensable para la reproducción cotidiana de la sociedad, pero es tan incapaz de orientar su
dirección de cambio como de examinar críticamente (es decir, en el largo plazo, constructivamente) esos
cambios. La segunda reacción converge con la primera. Ella consiste en negarse a reconocer la magnitud
de los cambios ocurridos y, sobre esa base, cometer gruesas simplificaciones que no son sino la renuncia
a hacerse cargo de la complejidad del mundo en que vivimos. Tanto el conocimiento estrechamente
tecnificado como las heroicas simplificaciones alimentan serios errores, comenzando por la manera en
que plantean sus propias preguntas.
III. ESTADO Y GLOBALIZACIÓN
Un ejemplo de lo que acabo de decir y sobre el cual me voy a detener en este documento, es
la forma en que, frente a la evidencia de una multiforme y poderosa globalización, frecuentemente se
plantea la cuestión de que es eso que es hoy el Estado, especialmente el Estado de los países mas o
menos periféricos. Hay dos respuestas básicas, igualmente simplistas. Una ignora la globalización y
otros fenómenos conexos; sigue pensando el Estado como una entidad que circunscribe efectivamente
toda la vida política, económica y cultural de una nación. Esto, que nunca fue rigurosamente cierto,
menos aún en nuestros países, es menos cierto que nunca. La otra respuesta se desplaza hacia el polo
opuesto y afirma que el Estado ya no es mas que una ficción que en su lenta agonía entorpece el libre--y
últimamente benéfico-- juego de los bienes, servicios e ideas que la magia del mercado global desata.
Desde hace mucho tiempo nuestros países han estado sujetos a los vientos de la economía, la cultura
y la geopolítica mundial, y esto es hoy mas cierto que nunca. Pero esto no autoriza el Anon sequitur@ de
decretar la muerte del Estado nacional.

Me permito creer que la presente discusión, que tal vez pueda parecer muy abstracta, es
relevante para los temas del proyecto del Banco en el que se inscribe. Las reformas institucionales y sus
normativas no pueden ignorar los contextos, nacionales y transnacionales en los que se llevan a cabo
y dentro de los cuales se determina su efectividad. Hablar, por ejemplo, de democracia (y de su
necesario corolario, ciudadanía), de los diversos poderes del sistema constitucional (incluso los partidos
políticos), de esquemas de integración, de los diversos aspectos implicados por la reforma del poder
judicial, de desarrollo local y regional, de la opinión pública y de la vigencia de la ley, todo esto
presupone hablar del Estado. Y "hablar del Estado" presupone hacerlo desde cierta concepción del
mismo, desde cierta visión del lugar que ocupa en la sociedad nacional y en sus relaciones con otros
Estados así como hoy, también, en este mundo agudo y velozmente globalizado.
Aquí solo puedo ofrecer, en mi intento de superar las simplificaciones ya criticadas, algunas
reflexiones bastante genéricas, con particular referencia a América Latina y el Caribe. Comienzo con
una metáfora en la que insistía mi fallecido colega Jorge F. Sabato: el Estado es una bisagra. Es decir,
es un punto de separación y también de intermediación entre un "adentro" y "afuera," entre lo que en casi
toda América Latina (aunque, para desgracia de ellas, no en otras partes del mundo) ha sido una
sociedad nacional, por un lado, y el mundo exterior a esa sociedad nacional, por el otro. El Estado
aspira a constituir, delimitar y representar esa sociedad nacional, no solo por medio de mapas, fronteras
y embajadas, sino también de símbolos, rituales y edificantes historias incansablemente contadas a
generaciones y generaciones. Además, ya señala que cuando el Estado convive con un régimen
democrático le otorga un componente indispensable: la ciudadanía. Ciudadanos y ciudadanas son
sujetos de derechos emanados de un Estado, que conviven dentro de los límites territoriales demarcados
por dicho Estado, y que por eso mismo gozan del derecho a elegir y ser electos como autoridades
temporales de la población de ese Estado.
No hay ciudadanía sin Estado, ni democracia sin ciudadanía, ni Estado y ciudadanía sin un
territorio y una población claramente delimitados. Esto tal vez parezca contradictorio, pero no lo es, con
otro aspecto de la globalización que me uno a otros en celebrar: los atisbos de emergencia de una
sociedad civil transnacional. Por esto quiero decir el crecimiento de redes de diversos tipos de
asociación que luchan por la vigencia universal de derechos básicos inherentes a las personas y a la
naturaleza. La importancia intrínseca de estas asociaciones no puede ser exagerada. Pero es importante
notar que los progresos efectivos y, sobre todo, duraderos, de estos esfuerzos presuponen no solo
estímulos transnacionales sino también, en cada lugar, ciudadanías activas y conscientes de la validez
de los derechos y obligaciones que promueve la sociedad civil transnacional.
Un tema más amplio que el que acabo de tocar, también más complejo y ambiguo, es que todo Estado
proclama ser una autoridad PARA la nación (o para el pueblo, ampliamente definido). Aunque sería
largo fundamentarlo, me parece claro que, desde siempre y como siempre, la existencia de un Estado
(es decir, de un tipo de autoridad territorialmente delimitado que pretende supremacía en el control de
la violencia en ese ámbito) conlleva la idea de un bien que es público, o común, para todos los habitantes
de ese territorio. Por supuesto, esta pretensión ha dado lugar a numerosos horrores e hipocresías.
Además, cual sería el contenido de ese bien común es la materia prima del conflicto político. Pero, por
otro lado, esa misma pretensión a veces se proyecta convincentemente como encarnación, parcial y
discutible pero encarnación al fin, de una real vocación de servicio por ese bien común. Además, la
pretensión que el Estado sea una entidad orientada hacia el bien común de la población de su territorio
es una demanda de los sujetos a esa autoridad, especialmente cuando, en la democracia, ellos son
mediante su voto los libres co-constituidores de la autoridad de los gobiernos--es decir, de aquellos que
ocupan temporariamente las cumbres del aparato estatal.
Me gustaría repetir de manera algo diferente lo que acabo de decir: el Estado basa su pretensión de ser
aceptado como un sistema de dominación y de coordinación social--es decir, basa su legitimidad--en
convencer, habitual y generalizadamente, que sus acciones se orientan al logro del bien común de la
población que alberga en su territorio. Prueba de esto es que todo discurso político, desde las cumbres
del Estado o desde la oposición, y desde el más sincero al más cínico, proclama ser la mejor manera
posible de alcanzar ese bien común. De una manera o de otra, esos sistemas de poder que llamamos
Estados contemporáneos circunscribieron un territorio y una población y llamaron a esta su nación o su
pueblo, implantaron un sistema legal y ayudaron a escribir y rememorar continuamente su propia historia.
Algunos países tuvieron mayor o menor éxito en esta tarea, y en cada país ha habido importantes
fluctuaciones a lo largo del tiempo. Pero en todos los casos mas o menos exitosos de este doble
proceso de constitución de estados-naciones y de su legitimación en tanto tales, hubo una imagen que
sustenta dicho proceso. Esta imagen--que por supuesto no siempre fue cierta, pero que muchas veces
fue efectiva y eficaz--es que el Estado era verosímil, en el sentido que contaba con poder y voluntad
suficientes para proseguir el logro de alguna versión del bien común del conjunto de su población. La
idea consecuente fue que si no se avanzaba hacia ese logro, era cuestión, tanto bajo democracias como
bajo autoritarismos--aunque por supuesto de diferentes maneras--de cambiar el régimen político
existente o los grupos o partidos que lo dominaban. Pero solo en casos tan extremos como
desgraciados--de los que la antigua Yugoslavia y RuandaBurundi dan testimonio contemporáneo--se
ha llegado a poner en cuestión la capacidad del Estado, y por lo tanto de su propia existencia, como
agente capaz de lograr el bien común del conjunto de la población existente en su territorio.
IV. LOS RETOS DEL ESTADO
Aunque en nuestra región estamos lejos de situaciones catastróficas como las recién señaladas,
me parece importante darnos cuenta que una amenazadora posibilidad es insinuada por la globalización:
la pérdida de verosimilitud, no ya de tal o cual grupo o régimen político, sino del propio Estado nacional
como concentración suficiente de poder y voluntad para la gestión efectiva del bien común de su
población. Me apresuro a aclarar que esa verosimilitud siempre fue un poco mítica, sobre todo en
países como los nuestros, situados en la periferia de los grandes poderes mundiales. Aunque no está
de moda hablar de esto--lo cual es una lástima, porque nos hace perder parte importante aunque
seguramente no la preferida de nuestra historia--diversas formas de dependencia siempre aquejaron a
nuestros países. Pero lo de hoy, quepa o no seguir hablando de dependencia, es mucho más universal,
más difuso, más multidimensional y menos controlable, aún por parte de los grandes poderes mundiales.
El achicamiento del mundo por las comunicaciones y el transporte, la porosidad de las fronteras
nacionales a numerosos procesos económicos y culturales, la instantaneidad de los grandes eventos
políticos y de los movimientos de capital, la expansión de los mercados a actividades antes impensables
o que los Estados excluían celosamente, la velocidad de circulación de las ideas, y la emergencia de
identidades que se definen por encima y más allá del Estado nacional--estos son algunos ejemplos de
una ola de cambios que nos deja atónitos y, sin embargo, con mas necesidad que nunca de entender
y de actuar. Si el Estado moderno pero contemporáneo es aquello que nació y función históricamente
poniendo límites alrededor de territorios y poblaciones, qué papel le queda, le debe quedar, a ese
Estado ante esa inmensa ola que es global, precisamente, porque niega y tiende a arrasar todos los
límites?
Como algunos han observado, la globalización no solo erode esos límites "por arriba," en su
tendencia a aplanar el mundo. También los erode "por abajo," cuando conecta a capitales y trabajadores
(así como a diversas actividades técnicas) de algunas regiones directamente con los mercados
mundiales, con escasa mediación del respectivo Estado nacional. Lo mismo ocurre cuando estos y otros
procesos ligados a la tecnología, cultura y las comunicaciones, desarticulan las clases y otras categorías
sociales, dificultando no solo su acción colectiva sino también su representación en el proceso político,
sobre para aquellas que la globalización impacta mas negativamente. Todo ocurre como si, desde
"arriba" y desde "abajo," se esfumaran las posibilidades de constituir y representar el bien común de una
población cada vez mas fragmentada.
América Latina y la globalización


Aldo Ferrer, Universidad de Buenos
Aires


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La globalización no es un fenómeno reciente: tiene, exactamente, una antigüedad de cinco siglos (Ferrer, 1996). En la última década del siglo XV, el desembarco de Cristóbal Colón en Guanahaní y el de Vasco da Gama en Calicut culminaron la expansión de ultramar de los pueblos cristianos de Europa, promovida, desde comienzos de la misma centuria, por el Infante portugués Enrique el Navegante. Bajo el liderazgo de las potencias atlánticas, España y Portugal, primero y, poco después, Gran Bretaña, Francia y Holanda, se formó entonces el primer sistema internacional de alcance planetario.

El surgimiento del primer orden global coincidió con un progresivo aumento de la productividad, inaugurado con el incipiente progreso técnico registrado durante la Baja Edad Media. La coincidencia de la formación del primer orden económico mundial con la aceleración del progreso técnico no fue casual. La expansión de ultramar fue posible por la ampliación del conocimiento científico y la mejora en las artes de la navegación y la guerra.

Hasta entonces, el crecimiento del producto había sido muy lento y las estructuras económicas e ingresos medios de los países, muy semejantes. De este modo, las relaciones internacionales e incluso la conquista y la ocupación de un país por otro incidían marginalmente en los niveles de productividad y la organización de la producción.

A medida que el progreso técnico fue transformando la estructura de la producción y el aumento del ingreso y cambiando la composición de la demanda, las relaciones de cada país con su contorno ejercieron una influencia creciente sobre su desarrollo. De este modo, la trayectoria del desarrollo de los países, sus problemas actuales y perspectivas futuras son, en gran medida, resultado de la resolución del contrapunto realidad interna-contexto mundial.

En otras palabras, la globalización confronta a los países con desafíos de cuya resolución depende su desarrollo o atraso. De las respuestas dadas al dilema del desarrollo en el mundo global dependen variables críticas como la acumulación de capital, el cambio técnico, la composición del comercio exterior, la tasa de crecimiento, el empleo, la distribución de la riqueza y el ingreso y los equilibrios macroeconómicos.

Las buenas respuestas a la globalización permiten que las relaciones internacionales impulsen la transformación, crecimiento e integración internas y fortalezcan la capacidad de decidir el propio destino. Las malas respuestas producen situaciones opuestas: fracturan la realidad interna, sancionan el atraso y someten a decisiones fuera del propio control. Los resultados de unas y otras son mensurables: se reflejan en el ingreso per cápita, en los demás indicadores principales del desarrollo económico y social y en la convergencia o la brecha respecto de los países más avanzados en cada período.

La globalización ha ejercido siempre una extraordinaria influencia sobre América Latina. No es, probablemente, exagerado sostener que, en los cinco siglos transcurridos desde las epopeyas de Colón y Vasco da Gama hasta la actualidad, América Latina es la región del mundo en que la globalización ha impactado más profundamente. La persistencia del subdesarrollo latinoamericano y la situación de nuestros países a fines del siglo XX sugieren que, en el largo plazo, han prevalecido las malas sobre las buenas respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global.

Este ensayo se divide en tres partes. La primera, aborda las relaciones especiales de América Latina con la globalización a lo largo del tiempo y las respuestas dadas al dilema del desarrollo en el mundo global. La segunda, identifica algunos rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana que influyen en la calidad de las respuestas a la globalización. La tercera y última presenta algunas conclusiones sobre la situación actual y las perspectivas futuras.


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I. Las relaciones especiales de América Latina con la globalización

1 . La conquista y la colonización

El descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo fue el acontecimiento más extraordinario de la expansión de ultramar de los pueblos cristianos de Europa a partir del siglo XV. En Iberoamérica, las enfermedades importadas por los europeos provocaron, en el primer siglo de la conquista, el exterminio de la mayor parte de la población nativa. Esta catástrofe demográfica y la imposición del sistema de dominación imperial sobre las civilizaciones oriundas provocaron una transformación radical de la situación preexistente.

Mas tarde, se produjo la incorporación de alrededor de 10 millones de esclavos procedentes de Africa destinados, en su mayor parte, a la explotación del azúcar y de otros cultivos tropicales. En buena parte de Iberoamérica la población de origen africano llegó a ser mayoritaria o muy significativa dentro del total. El extraordinario fenómeno de la esclavitud entre los siglos XVI y XIX tuvo lugar principalmente en el Nuevo Mundo y, dentro de él, sobre todo en el espacio dominado por Portugal y España. El tráfico de esclavos realizado por mercaderes árabes en la costa oriental de Africa fue de escasa importancia relativa.

El régimen esclavista profundizó aún más la fractura entre, por una parte, los conquistadores y sus descendientes y, por otra, la mayor parte de la población. La mezcla de razas terminó de configurar el abanico étnico que caracteriza a la América Latina. En el Arco Antillano, desde Cuba a Trinidad, la población nativa fue exterminada y las islas pobladas por nuevos ocupantes provenientes de España, Holanda, Francia y Gran Bretaña y, sobre todo, por esclavos africanos.

En ninguna otra parte sucedieron entonces acontecimientos de semejante alcance. En las colonias continentales británicas de América del Norte la población nativa nunca fue incorporada al proceso de ocupación territorial y colonización. Fue expulsada y casi exterminada. A su vez, la sociedad esclavista de los estados sureños fue destruida durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Los esclavos y sus descendientes fueron siempre una minoría dentro de la sociedad norteamericana con una participación relativa en la población total inferior a la observable en gran parte de Iberoamérica.

En los otros dominios blancos (Australia, Canadá y Nueva Zelandia) del Imperio Británico, los colonizadores fundaron, como en los Estados Unidos, sociedades esencialmente constituidas por los inmigrantes procedentes de la madre patria y de otros países de Europa.

A su vez, en Africa y Asia, la expansión imperial de las potencias europeas tuvo características radicalmente distintas a las registradas en Iberoamérica. Ingleses, holandeses, franceses, portugueses o españoles se instalaron en sus dominios y zonas de influencia y establecieron diversos sistemas de dominación colonial sobre las poblaciones nativas y sus organizaciones políticas, pero nunca alcanzaron a disolver los sistemas sociales preexistentes. Sólo en Iberoamérica y el Caribe los conquistadores y colonizadores desarticularon o destruyeron los sistemas sociales preexistentes y construyeron nuevas civilizaciones

El impacto de la globalización entre los siglos XVI y XVIII fue, por lo tanto, mucho más profundo en Iberoamérica y el Caribe que en otras partes. Bajo el régimen colonial, las respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global fueron proporcionadas por las metrópolis en su propio beneficio. Los intereses locales en Iberoamérica nunca conformaron, como sucedió en las posesiones británicas de América del Norte, grupos de poder orientados a una inserción externa compatible con el desarrollo endógeno y la ampliación de oportunidades.

2. La independencia

Desde principios del siglo XIX, cuando las naciones iberoamericanas conquistaron su independencia, la relación de estos países con la globalización transcurrió por otros carriles. Después de las guerras napoleónicas, la nación pionera de la Revolución Industrial lideró la expansión de las relaciones económicas internacionales. Hacia la misma época comenzaba un vertiginoso proceso de reparto imperial del mundo.

Entre el Eu fico de Don Pedro I y la Batalla de Ayacucho, en la década de 1820, y 1913, la población del resto del mundo sometida a la dominación colonial aumentó de 200 a más de 500 millones de personas. En vísperas de la primera guerra mundial casi el 30% de la población mundial estaba radicada en las colonias de las naciones imperiales de Europa. La fugaz ocupación francesa de México en la década de 1860 fue el acontecimiento más importante protagonizado por las potencias europeas en territorio latinoamericano. En el período, las amenazas a la integridad territorial provinieron de los Estados Unidos que ocuparon los antiguos territorios del Virreinato de Nueva España y de México independiente al norte del Río Bravo. Este espacio fue incorporado a la civilización norteamericana como ocurrió, después de la guerra con España, con Puerto Rico y, hacia la misma época, con la ocupación de Alaska y Hawai. Salvo los territorios conquistados por los Estados Unidos, Iberoamérica no fue objeto de la expansión imperial de las grandes potencias industriales en el transcurso del siglo XIX hasta la primera guerra mundial del siglo XX.

En Hispanoamérica, la independencia inauguró un proceso de crisis de legitimidad del poder, división de las antiguas posesiones españolas y severas tensiones políticas. Hasta los alrededores del decenio de 1870, las economías hispanoamericanas no se habían recuperado de las consecuencias de la guerra de independencia y de las convulsiones políticas. La injerencia de las grandes potencias en los asuntos hispanoamericanos fue ostensible en las primeras décadas posteriores a la independencia. Sin embargo, fue escaso el impacto de la globalización sobre el desarrollo económico de estos países.

La transición de Brasil a la independencia evitó la crisis de legitimidad del poder registrada en Hispanoamérica y el país logró preservar su integridad territorial. El surgimiento de un producto, el café, con una demanda internacional creciente, provocó un cambio en el comportamiento de la economía brasileña y su inserción internacional y, sobre todo, reforzó las bases del sistema esclavista. Al mismo tiempo, la dimensión del mercado interno contribuyó a un desarrollo industrial más avanzado que en el resto de América Latina.

En las primeras décadas posteriores a la independencia, los países latinoamericanos estuvieron más empeñados en defender su integridad territorial y resolver los conflictos políticos internos que en formular respuestas distintas al dilema de su desarrollo en el mundo global. Sólo a partir de los últimos decenios del siglo XIX la globalización impactó profundamente en las economías latinoamericanas e inauguró una nueva etapa de su desarrollo. El desarrollo del ferrocarril y la navegación a vapor provocó una gran rebaja de los fletes terrestres y marítimos. Esto facilitó la incorporación del cono sur de Sudamérica y otros espacios abiertos al mercado mundial. La diversificación y el crecimiento del comercio impulsaron las corrientes migratorias internacionales y las inversiones extranjeras para el desarrollo de la infraestructura y la producción exportable de los nuevos protagonistas del orden global. Fue a partir de entonces que se expandió rápidamente el comercio exterior, se incorporaron capitales extranjeros en gran escala y, en varios países, ingresaron centenares de miles de inmigrantes.

3. El crecimiento hacia afuera

Al promediar la segunda mitad del siglo XIX, Iberoamérica comenzó a ocupar una posición importante en la expansión de las relaciones internacionales. En 1914 estaban radicadas en la región casi el 40% de las inversiones realizadas por las potencias industriales en la periferia, es decir, Africa, Asia, Oceanía y América Latina. Entre 1880 y 1915, el 50% de las migraciones de europeos hacia los mismos destinos se radicaron en Iberoamérica. En 1913, correspondía a esta región el 30% del comercio mundial del mismo agrupamiento (Kenwood y Lougheed, 1992).

El comercio internacional y la incorporación de inmigrantes y capitales extranjeros alcanzaron en América Latina una importancia relativa como en ninguna de las otras regiones que fueron incorporadas al orden global bajo el liderazgo de las potencias europeas y, hacia el fin del período, también por los Estados Unidos y Japón. Según una estimación, la relación entre las exportaciones y el producto latinoamericano aumentó del 10% al 25% entre 1850 y 1914 (Bulmer-Thomas, 1944). En vísperas de la primera guerra mundial, América Latina proveía, respecto del comercio mundial, 84% del café, 64% de carnes, 97% de nitratos, 50% de bananas, 30% de azúcar, 42% de cacao y 43% de maíz. En la mayor parte de los productos primarios, América Latina era un proveedor principal o importante del mercado mundial.

La inserción en el orden global fue particularmente profunda en los países del cono sur del continente y en Brasil. De todos modos, la apertura influyó profundamente en el curso del desarrollo económico, social y político de toda la región. Desde las últimas décadas del siglo XIX, el desarrollo económico de estos países se articuló en torno al café, el cobre, el banano, el azúcar o los cereales. Algunos de los productos, como el oro, la plata, el azúcar o el cacao, eran importantes desde el período colonial. Otros, como los nitratos, el guano, los metales no ferrosos y las carnes, surgieron con la explosión globalizadora desencadenada por la revolución industrial en Europa y los Estados Unidos.

Los regímenes fiscales y monetarios, el balance de pagos, los equilibrios macroeconómicos, la acumulación de capital, el empleo y la distribución del ingreso, estuvieron decisivamente influidos por la inserción de América Latina en el orden global. Justificadamente este período fue definido, más tarde, como del crecimiento hacia afuera. Este arraigó de manera distinta en cada uno de nuestros países.

El Estudio Económico de América Latina de 1949 (CEPAL, 1951) identificó dos estilos de desarrollo. Por un lado, estaba el enclave exportador desvinculado del conjunto de la economía y de la sociedad. En éste, el progreso técnico penetra sólo en el sector vinculado al mercado mundial, mientras la mayor parte de la actividad económica continúa operando con las técnicas y niveles de productividad tradicionales. México era el ejemplo de este estilo de desarrollo. Por otro, figuraban los países en los cuales la actividad exportadora derrama su influencia en el conjunto de la economía y la sociedad. Argentina era el paradigma de este modelo de crecimiento hacia afuera.

Sea cual fuere el estilo de la inserción en el orden global, en Hispanoamérica y en Brasil, predominaban en el período las políticas librecambistas y un bajo grado de intervención pública en el funcionamiento de los mercados. Incluso después del aumento de la tarifa aduanera en Alemania en 1870, de la propagación en Europa de criterios proteccionistas y de la persistencia de una alta barrera arancelaria en los Estados Unidos, América Latina siguió adherida a las políticas librecambistas preconizadas por Gran Bretaña. La política arancelaria fue casi siempre un instrumento fiscal y raras veces incluyó objetivos de protección del mercado interno e industrialización.

La respuesta generalizada de estos países al dilema del desarrollo en la economía global de la época fue la adhesión al sistema de división internacional del trabajo liderado por la potencia hegemónica y las demás potencias industriales. De este modo, la participación de América Latina en la difusión internacional del progreso técnico se limitó a la producción primaria exportable, a algún grado de transformación de la misma y a la infraestructura. Dentro de estos moldes se registró un proceso de modernización que abarcó las principales ciudades, las redes de transporte y comunicaciones y los estilos de vida de los sectores asociados a los núcleos dinámicos del crecimiento. Esta modernización no incorporó a la mayor parte de la población latinoamericana.

Al final del período del crecimiento liderado por las exportaciones de productos primarios, las economías latinoamericanas se comportaban como la periferia de los centros industriales. La apertura y la inserción en la globalización no contribuyeron al desarrollo industrial y la convergencia de la estructura productiva con los cambios en la composición de la demanda inducidos por el incremento del ingreso y el progreso técnico.

En esta etapa se registró un avance notable en la estabilidad institucional y en la consolidación de los regímenes democráticos sobre la base de constituciones de cuño liberal. De hecho, la crisis de legitimidad de poder abierta en Hispanoamérica después de la independencia, recién se cerró, en la mayor parte de los países, contemporáneamente con el desarrollo hacia afuera y la nueva inserción en el orden mundial. En Brasil, la abolición de la esclavitud y el establecimiento del régimen republicano formó parte de la misma experiencia. Sin embargo, después del colapso del crecimiento hacia afuera, ocurrieron fracturas del orden constitucional y se establecieron gobiernos de facto en varios países.

4. La crisis del crecimiento hacia afuera

Las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX y la crisis de los años treinta revelaron los límites del crecimiento hacia afuera. Entre 1914 y 1945 se interrumpió el proceso de globalización de la economía mundial. El comercio internacional, las corrientes de capitales y los movimientos migratorios no recuperaron los niveles previos a la primera guerra mundial.

Durante la depresión de los años treinta se desplomaron el sistema multilateral de comercio y pagos y el patrón oro. Los centros industriales, incluida la potencia paladín del librecambio, Gran Bretaña, protegieron sus mercados internos, establecieron regímenes preferenciales de comercio con los países de su zona de influencia y controlaron los movimientos de capitales. El consecuente derrumbe del comercio internacional y de los precios de los productos primarios plantearon problemas sin precedentes en países, como los de América Latina, asociados al orden mundial como proveedores de alimentos y materias primas. La interrupción de las corrientes de capitales agravó aún más las dificultades de los pagos externos.

La desglobalización de la economía mundial demostró que el sistema de división internacional del trabajo, construido bajo la hegemonía de las potencias industriales, era incompatible con el desarrollo económico de Iberoamérica. A fines del decenio de 1940 era evidente que las respuestas dadas hasta entonces a los dilemas planteados por la inserción en el mercado mundial no eran satisfactorias.

Las nuevas circunstancias indujeron respuestas distintas a las tradicionales respecto de la inserción internacional. La crisis de los pagos externos obligó a los países a introducir controles de cambios y a restringir las importaciones. Con la excepción notable de Argentina, la mayor parte de los países latinoamericanos entraron en cesación de pagos externos durante los años treinta. La sustitución de importaciones fue la respuesta a la escasez de bienes que ya no podían importarse por la caída de la capacidad de pagos externos. A fines de la década de 1940, el Estado había asumido roles que eran inexistentes antes de la crisis.

La mayor presencia del Estado en el funcionamiento de los mercados en América Latina tenía importantes precedentes en el resto del mundo. La depresión y luego la guerra también ampliaron la función del sector público en los países industriales. A partir de 1945, la reconstrucción de posguerra en Europa y en otras partes fue articulado por fuertes marcos regulatorios de los mercados e, incluso, la nacionalización de diversos servicios públicos y entidades financieras.

En América Latina, la intervención del Estado constituyó una respuesta defensiva frente al derrumbe del contexto mundial dentro del cual había tenido lugar el crecimiento liderado por las exportaciones de productos primarios. Después de la guerra se planteó el desafío de transformar las medidas defensivas en buenas respuestas al dilema del desarrollo en un mundo que reanudaba el proceso de globalización.

5. El período dorado de la segunda posguerra

Entre 1945 y los alrededores de 1970 las economías industriales, lideradas por la reconstrucción de Europa occidental y Japón y su convergencia con la potencia líder, los Estados Unidos, crecieron a tasas sin precedentes. El producto de los países avanzados creció al 5% anual y el ingreso per cápita al 3.5%. La expansión se reflejó en condiciones generalizadas de pleno empleo, políticas sociales activas y elevación de las condiciones de vida, en un contexto de estabilidad de precios.

Al mismo tiempo, la avalancha de innovaciones en la microelectrónica, el dominio del átomo, la biología y el espacio exterior, amplió las fronteras para procesar y transmitir información, transformar la materia, generar energía e influir en la gestación y desarrollo de los seres vivos.

Estos hechos provocaron un extraordinario impulso a la globalización de las relaciones económicas internacionales. Una vez que concluyó la reconstrucción de posguerra y los países europeos y Japón fortalecieron sus pagos externos, a costa del creciente déficit del balance de pagos de los Estados Unidos, se generalizó la liberación de los regímenes cambiarios y de los movimientos de capitales. Las instituciones de Bretton Woods contribuyeron a reconstruir el sistema multilateral del comercio y pagos que había sido demolido durante el período de desglobalización de la economía mundial.

A su vez, en sucesivas ruedas de negociación en el seno del GATT, se redujeron sustancialmente las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio internacional, en particular, con referencia a las manufacturas producidas y exportadas por las economías avanzadas. El nuevo marco regulatorio del orden global, construido bajo el liderazgo de los centros, hizo posible la expansión de las fuerzas integradoras de la economía mundial impulsadas por las nuevas tecnologías.

En el período dorado, el comercio mundial creció a una tasa que duplicó la de la producción, las grandes empresas de los principales países expandieron sus actividades a escala mundial y aumentó la corriente de capitales financieros. El orden global se enriqueció con la aparición de nuevos actores en el escenario internacional, y con la ampliación de los mercados y de las fuentes de recursos y de tecnologías. La persistencia de la guerra fría no obstaculizó el intenso crecimiento de las economías capitalistas ni la fuerte expansión de las transacciones internacionales.

En el período dorado la globalización registró tres características principales. A saber:

a) Un cambio radical en la división internacional del trabajo con un peso creciente del comercio de manufacturas de mayor contenido tecnológico. Baste recordar que, hasta el decenio de 1930, los productos primarios representaban 2/3 del comercio mundial y las manufacturas 1/3. Después de 1945, las proporciones se invirtieron. De este modo, los países industriales acrecentaron su participación en el comercio mundial. Su intercambio recíproco se convirtió en el segmento dominante de la división internacional del trabajo. La antigua relación centro-periferia referida al intercambio de productos primarios y manufacturas fue progresivamente sustituida por la relación centro-centro en el comercio de manufacturas. El proteccionismo de la producción primaria en algunos países, notoriamente la política agrícola de la Comunidad Económica Europea, profundizó estas tendencias

b) La expansión transnacional de las empresas de los países centrales generó una progresiva globalización de los procesos productivos, es decir, de agregación de valor en la cadena productiva a escala mundial.

c) El crecimiento de la liquidez internacional y la integración de las plazas financieras multiplicaron las corrientes de capitales de corto plazo, Esto introdujo en el funcionamiento del sistema financiero mundial una dimensión especulativa sin precedentes históricos. El abandono de las reglas de Bretton Woods en 1971 amplió aún más las oportunidades especulativas de arbitraje de tasas de interés y tipos de cambio entre las diversas plazas y de activos financieros en las bolsas de valores.

América Latina no respondió bien a los desafíos y oportunidades abiertos por estas nuevas tendencias de la globalización en este período. Persistieron en la región políticas que estaban más vinculadas a la fase de desglobalización de los años 1914-1945 que a las nuevas tendencias abiertas después de 1945. De este modo, a pesar de que la tasa de crecimiento del producto, el desarrollo industrial, la urbanización y otros procesos reveladores de la transformación estructural de las principales economías latinoamericanas registraron avances importantes, las respuestas dadas a las nuevas tendencias de la globalización no fueron adecuadas.

En primer lugar, subsistió la composición tradicional del comercio exterior y la tendencia crónica al desequilibrio. La sustitución de importaciones y la industrialización no generaron, en medida suficiente, ventajas competitivas para acceder a los renglones más dinámicos del mercado mundial, esto es, los vinculados con las manufacturas de mayor contenido tecnológico. Surgieron de allí los ciclos de stop-go, vale decir, de crecimiento, detenido periódicamente por el estrangulamiento externo y la necesidad del ajuste. De este modo, declinó la participación de América Latina en el comercio mundial del 14% en 1945 al 5% en 1970.

Por otro lado, el predominio de las filiales de empresas extranjeras en las áreas industriales más complejas debilitó la capacidad de integrar la producción de bienes y servicios con los sistemas nacionales de ciencia y tecnología y con la oferta interna de insumos complejos. De este modo, no se desarrolló suficientemente la capacidad endógena de asimilación y transformación de las tecnologías importadas ni de innovación original. De manera distinta a como la CEPAL había planteado inicialmente el problema de la difusión del progreso técnico, después de 1945 la región siguió careciendo de capacidad para participar plenamente en la difusión de conocimientos en el orden global.

Por último, la vulnerabilidad externa fue agravada por una tendencia generalizada de desequilibrio fiscal y creciente endeudamiento público. Estas tendencias reflejaban la baja capacidad de arbitraje del Estado en las pujas distributivas del ingreso, inherentes a la inestabilidad institucional prevaleciente. La política monetaria no resistió la agresión simultánea desde el frente externo y del deterioro fiscal y, de manera generalizada, convalidó las presiones inflacionarias. La inflación se instaló entonces como un mal endémico durante la fase del crecimiento hacia adentro. Los desequilibrios macroeconómicos estimularon el endeudamiento externo.

Los desequilibrios macroeconómicos resultaron fatales en la nueva fase de la globalización abierta al concluir la segunda guerra mundial. En vez de establecer defensas frente a los riesgos de corrientes financieras internacionales crecientemente volátiles, la desregulación financiera que, en mayor o menor medida, se difundió en nuestros países a partir del decenio de 1970, terminó de crear las condiciones necesarias para un gigantesco endeudamiento externo. En realidad, las respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global en el período fueron más que malas, pésimas.

Hasta la convulsión financiera asiática de los últimos meses, la llamada crisis de la deuda externa fue un problema esencialmente latinoamericano. Durante la fase de desregulación financiera y endeudamiento, de fines de los años sesenta y la década siguiente, América Latina tuvo un papel significativo en el mercado financiero internacional. Tanto, que el grado de exposición de numerosos bancos acreedores, particularmente norteamericanos, comprometió exageradamente su patrimonio neto y solvencia. Sólo en la crisis de 1890, con los préstamos de la Casa Baring a la Argentina, y, actualmente, con los problemas de varios países de Asia, el sistema financiero de los centros soportó tensiones semejantes originadas en operaciones con la periferia.

El protagonismo financiero de América Latina coincidió con la declinación de la importancia real de la región en la economía mundial. Su participación en la producción y comercio internacionales siguió disminuyendo sin pausa. En tiempos recientes, debido sobre todo al atractivo del proceso de privatizaciones, la región recuperó protagonismo en las corrientes de inversiones privadas directas. Pero los movimientos de capitales de corto plazo siguen siendo un componente central de la vinculación latinoamericana con las plazas financieras internacionales.

El proceso de endeudamiento externo de América Latina marca una diferencia importante con la experiencia histórica de la misma región. En efecto, hasta la primera guerra mundial, las inversiones extranjeras eran predominantemente aplicaciones directas en la explotación de recursos naturales y el desarrollo de la infraestructura, más inversiones de cartera de largo plazo. Por otra parte, el mayor endeudamiento en ese período coincidió con un incremento generalizado de la capacidad de pagos externos sustentada en el aumento de las exportaciones y de la participación de la región en el mercado mundial. En tales condiciones, no existía, como sucede en la experiencia contemporánea, una situación de insuficiencia crónica de los pagos internacionales.

En años recientes, las malas respuestas a la globalización fueron atribuidas a la visión de la CEPAL y a sus recomendaciones de política. Nada más lejano de la verdad. Respecto del sector externo, Prebisch y la CEPAL llamaron tempranamente la atención sobre la necesidad de generar ventajas competitivas dinámicas y expandir las exportaciones. Entre otras propuestas, la de la integración regional pretendía ampliar el mercado para el proceso de transformación y fortalecer la capacidad competitiva externa de la producción latinoamericana.

En materia fiscal y monetaria a Prebisch, menos que a nadie, se le puede atribuir descuido respecto de la importancia de los equilibrios macroeconómicos. Prebisch nunca dejó de ser in pectore un banquero central, función en la cual acreditó su prestigio en Argentina y América Latina durante el decenio de 1930 y los primeros años de la segunda guerra mundial. Cuando Prebisch volvió a la Argentina para asesorar al gobierno de su país, después de la caída del gobierno de Perón en 1955, se le criticó intensamente por su énfasis en la importancia de la moneda sana, la estabilidad de precios y los equilibrios macroeconómicos. Algunos de sus discípulos argentinos lo criticamos entonces por lo que estimábamos su excesivo rigor ortodoxo. Sus propuestas fueron, en definitiva, no atendidas.

Los desequilibrios macroeconómicos que predominaron en América Latina durante la fase de crecimiento hacia adentro y la creciente vulnerabilidad externa de la región nada tienen que ver con las propuestas fundacionales de Prebisch y la CEPAL. Esa experiencia responde a factores más complejos, reveladores de la incapacidad histórica de América Latina de responder con eficacia a los dilemas del desarrollo en el mundo global.

6. La globalización en la actualidad

Los contenidos manifiestos más espectaculares de la globalización se registran actualmente en la difusión de información e imágenes a escala planetaria y en los mercados financieros. Nunca antes, en efecto, existieron redes de transmisión y procesamiento de datos en tiempo real de la magnitud e ínfimos costos observables en la actualidad. Tampoco existió en el pasado un mercado financiero de escala semejante y en el cual predominaran los movimientos de capitales de corto plazo. En la actualidad, el sistema opera continuamente y vincula todas las plazas del planeta. Este plano virtual de la globalización penetra en todas partes y promueve la visión de una aldea global.

En el plano de la economía real de la producción, la globalización se manifiesta en un crecimiento del comercio internacional a tasas mayores que las de la producción, pero ambas variables registran tasas de aumento menores que en el período dorado de la segunda posguerra. La globalización en el plano real incluye la internacionalización de múltiples procesos productivos en el seno de empresas que operan a escala planetaria e importantes corrientes migratorias.

De todos modos, los cambios en este plano tienen antecedentes importantes en el proceso de globalización que culminó en las vísperas de la primera guerra mundial. En efecto, la relación entre el comercio y el producto mundiales en 1913 y la actualidad es semejante (alrededor del 20%) y lo mismo sucede con la participación de las inversiones privadas directas en la formación de capital fijo en el mundo (alrededor del 5% en ambos períodos) (UNCTAD, 1994). A su vez, las migraciones fueron relativamente mayores en aquel entonces y los regímenes nacionales más permisivos que en la actualidad.

La globalización virtual y la real interactúan para reforzar la visión de un mundo sin fronteras. La intermediación mediática contagia el plano real transmitiendo modas, pautas de consumo y expectativas que influyen en el comportamiento de quienes, en mayor o menor medida, tienen acceso a los mercados. A su vez, la internacionalización de la producción y el comercio difunden los bienes y servicios promovidos por la intermediación mediática. La globalización financiera, por su parte, condiciona el manejo de las políticas de los Estados y su capacidad regulatoria del proceso económico, genera o destruye efectos de riqueza que estimulan o deprimen el gasto, perturba las paridades y los equilibrios macroeconómicos e influye en los niveles de producción y en el empleo.

Sobre estas bases, se ha difundido una versión fundamentalista de la globalización que formula las proposiciones siguientes (Ferrer, 1997):

La mayor parte de las transacciones sucede actualmente en el mercado mundial, no en los mercados nacionales.

Las principales decisiones de inversión, cambio técnico y asignación de recursos son tomadas, hoy, por agentes que operan a escala global, a saber, los mercados financieros y las empresas transnacionales.

La conclusión resultante de la versión fundamentalista de la globalización es extraordinaria. En la actualidad, habría desaparecido el dilema del desarrollo en el mundo global porque, en la práctica, los países carecerían de posibilidad alguna de desarrollar estrategias viables que contradigan las expectativas de los operadores globales. De este modo la única posibilidad sería aplicar políticas amistosas para los mercados. Los países que sigan esta regla serían beneficiarios de las decisiones de inversión y otras aplicaciones de recursos y distribución de mercados, dispuestas por los agentes dominantes en el orden global.

Esta versión de la globalización y su recomendación de política no se compadecen con la realidad. La globalización dista de ser total porque subsisten restricciones importantes a los movimientos de bienes y servicios y factores de la producción. En realidad, la globalización es selectiva y la selección se refleja en los marcos regulatorios del orden mundial establecidos por la influencia decisiva de los países céntricos. De este modo, se promueven reglas generales en las áreas que benefician a los países avanzados, como en el caso de la propiedad intelectual, el tratamiento a las inversiones privadas directas y la desregulación de los mercados financieros. En cambio, se limita la globalización a través, por ejemplo, de restricciones a las migraciones de personas o al comercio de bienes de especial interés para los países en desarrollo. La globalización selectiva es el nuevo nombre del nacionalismo de los países avanzados.

La globalización selectiva implica un desnivel en el campo de juego en el cual operan los diversos actores del sistema internacional. Los países centrales siguen inclinando el campo de juego en su favor. La brecha existente entre la globalización total y la selectiva agrava las asimetrías que prevalecen entre los países que forman el sistema mundial. No es sorprendente que esto sea así. Siempre lo fue. Lo que es inadmisible es suponer que la globalización es total o que todos los jugadores operan en un campo de juego nivelado. Dado este contexto, los países en desarrollo deben preservar la mayor autonomía de decisión propia posible e insistir en la formulación de marcos regulatorios multilaterales que no privilegien la globalización selectiva favorable a los intereses de las economías centrales.

El segundo tipo de consideraciones respecto de las tendencias actuales de la globalización se refiere a la importancia de la dimensión endógena del desarrollo y al peso relativo de los recursos y mercados internos respecto de los que se transan en el mercado mundial. La inserción en el orden mundial es esencial para el desarrollo económico. Pero, en definitiva, éste es, en primer lugar, un proceso endógeno de integración social y equilibrios políticos, reformas institucionales, transformación de la producción, reducción de los costos de transacción, interacciones eficaces entre las esferas privada y pública, lazos entre la producción y los sistemas nacionales de ciencia y tecnología, acumulación de conocimientos y habilidades en la fuerza de trabajo, aumentos incrementales de la productividad impulsados por la inversión de capital y la incorporación del progreso técnico. El desarrollo no se importa. No puede delegarse en el liderazgo de actores transnacionales ni en las fuerzas que operan en el orden global. No existe ninguna experiencia histórica significativa que pruebe lo contrario.

Respecto de la importancia.de la globalización real, cabe observar que, pese al aumento del comercio mundial y de la internacionalización de la producción a partir de 1945, el balance de recursos en la economía mundial revela lo siguiente:

No más del 20% de la producción mundial de bienes y servicios traspone las fronteras nacionales. En algunos rubros, la proporción es mayor. De todos modos, en promedio, alrededor del 80% de la producción mundial se vende en los mercados internos de cada país.

Alrededor de 9 de cada 10 trabajadores en el mundo trabaja para sus coterráneos.

Más del 90% de la acumulación de capital real en el mundo se financia con el ahorro interno de los países. La contribución de las inversiones de las filiales de empresas transnacionales a la formación de capital fijo en el mundo es inferior al 10%. La misma proporción se verifica si se miden los movimientos de capitales a través del saldo de la cuenta corriente del balance de pagos de los países.

Estos promedios referidos a la economía mundial reflejan, aproximadamente, la situación observable en el conjunto de América Latina.

Las respuestas actuales de América Latina a la globalización son tan malas como en el pasado, y aún peores. Prevalece en América Latina un proceso de reformas cuyo eje es la inserción incondicional en el orden global. La política económica predominante consiste, en primer lugar, en administrar la deuda existente y en satisfacer las expectativas de los mercados. Esta conclusión adolece del mismo defecto de cualquier generalización sobre América Latina. Pero, con pocas excepciones, si es que cabe alguna, basta observar la situación actual para sugerir que, en efecto, la región no está respondiendo con eficacia a las actuales tendencias del orden mundial.

El enfoque actual sugiere que basta con nivelar el campo de juego de los operadores económicos nacionales y extranjeros, respetar los derechos de propiedad y reducir los costos de transacción, desregular y dar transparencia a los mercados y al sistema financiero, mantener el equilibrio fiscal y la estabilidad de precios, abrir la economía, privatizar todo lo privatizable y reducir el Estado y la acción pública a su mínima expresión. Muchas de estas acciones son indispensables para el buen funcionamiento de los mercados y la asignación racional de recursos. Pero esto no basta para remover los obstáculos fundamentales al desarrollo latinoamericano e iniciar un crecimiento sostenible de largo plazo. En el contexto de esas políticas, es muy escasa la posibilidad de mitigar la pobreza y la marginalidad por acciones sociales focalizadas.

El predominio en la región de la visión fundamentalista de la globalización, expresada por la estrategia del Consenso de Washington, produce malas respuestas a la globalización. En efecto, la mayor apertura coincide con procesos de desindustrialización y ruptura de eslabonamientos intraindustriales. A su vez, la vulnerabilidad externa es mayor que en el pasado. La libertad de maniobra para decidir el propio destino en el mundo global está probablemente en sus mínimos históricos.

Los resultados son elocuentes. La tasa de crecimiento de los últimos tres lustros es la mitad de la registrada durante la etapa del crecimiento hacia adentro; ha aumentado la pobreza y la marginalidad y crecido aun más la concentración de la riqueza y el ingreso, que es uno de los peores rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana.

Los avances logrados en materia de estabilidad de precios y en los equilibrios macroeconómicos están sustentados, en buena parte de la región, por un creciente endeudamiento externo y mayor subordinación a los criterios de los acreedores. Diversas transformaciones estructurales, como la reforma del Estado, las privatizaciones, la reducción de las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio y la desregulación ae universos mercados, eran imprescindibles. En muchos casos, sin embargo, no resolvieron los problemas preexistentes y, en otros, no han formado parte de estrategias viables de desarrollo sostenible.

En el pasado, la presencia del Fondo Monetario Internacional era importante para resolver los desequilibrios periódicos de pagos externos. En la actualidad el Fondo, junto con el Banco Mundial, se ha convertido en un protagonista permanente de la formulación y gestión de la política económica de diversos países. Es comprensible. La vulnerabilidad externa no es actualmente un problema coyuntural. Es una condición permanente, arraigada en el peso de los servicios de la deuda externa sobre los presupuestos y el balance de pagos de los deudores.

El epílogo de las malas respuestas de América Latina a la globalización en el largo plazo es la actual situación, probablemente sin precedentes, en que las políticas nacionales, en mayor o menor medida, se formulan, condicionan o monitorean desde el exterior. La globalización, particularmente la financiera, influye en la situación de todos los países que integran el orden global y limita los grados de libertad de las políticas nacionales. Pero, en nuestros países, la situación es más rigurosa que en otras partes.

En los últimos quince años, con la excepción de Africa Sudsahariana, América Latina es la región con el peor comportamiento para los principales indicadores del desarrollo económico y social. No es aventurado sugerir, entonces, que las respuesta s actuales a los desafíos de la globalización no son consistentes con el desarrollo sostenible

El progreso registrado en los sistemas de comunicaciones, en diversas redes comerciales y ramas de la producción, en las áreas donde habitan los grupos sociales de mayor ingreso y en otras esferas, tiene semejanzas con los extraordinarios cambios que se produjeron desde finales del siglo XIX hasta la primera guerra mundial. También se dio entonces un proceso importante de modernización exógena, inducida por la inserción en la globalización del período. La realidad reveló, más tarde, cuan efímeros y limitados eran aquellos cambios.

En la actualidad, cabe preguntarse si la acumulación de tensiones sociales y políticas emergentes del deterioro de las condiciones sociales no terminarán amagando la democracia recuperada, con tanto esfuerzo, en los últimos lustros. Mientras tanto cabe observar que, a diferencia de la fase del desarrollo hacia afuera, existe hoy una forma perversa del malestar social reflejada en la inseguridad pública observable en gran parte de la región y, sobre todo, en sus principales ciudades.

Por último, la situación actual de América Latina es también muy distinta de la registrada en la crisis por la cual atraviesan varios países de Asia. En éstos, el problema emerge luego de un período de expansión de la producción y de las exportaciones sin precedentes y de un aumento significativo de su peso relativo en la economía mundial.


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II. Algunos rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana

América Latina revela una persistente incapacidad de proporcionar respuestas eficaces al dilema del desarrollo en el mundo global. El análisis comparado contribuye a identificar algunas de las causas que explican este comportamiento histórico de nuestros países.

En efecto, los países de desarrollo industrial tardío que, en el transcurso del siglo XIX y en la segunda mitad del XX, lograron superar su atraso relativo, revelan la existencia de algunas condiciones necesarias del éxito, Es decir, de la formulación de buenas respuestas al contrapunto realidad interna -contexto externo, o sea, a los desafíos y oportunidades de la globalización (Ferrer, 1998).

Los países exitosos, como, por ejemplo, los Estados Unidos, Alemania Dinamarca y Suecia en el siglo XIX y, en la segunda mitad del XX, Japón, Corea del Sur y Taiwán, presentan extraordinarias diferencias de dimensión territorial, población, recursos naturales, mercado interno y la magnitud de la brecha que los separa del país líder al tiempo de su despegue. Las condiciones de la globalización en ambos períodos presentan también marcadas diferencias.

Pese a semejantes discrepancias, tienen algunos rasgos comunes en cuestiones críticas. En el campo social y político se da, en todos ellos, la estabilidad del marco institucional, la existencia de elites con vocación autónoma de acumulación de poder, predominio de las ideas económicas heterodoxas, respeto del derecho de propiedad y tendencia a la reducción de los costos de transacción, Estados capaces de impulsar las transformaciones necesarias y respaldar la iniciativa privada y, por último, sociedades integradas, incorporadas en su mayoría al proceso de crecimiento y transformación.

En el terreno económico, los países exitosos revelan una suficiente generación de ahorro interno y su empleo en la expansión y transformación de la capacidad productiva, así como ventajas competitivas fundadas en la incorporación del cambio técnico y los equilibrios macroeconómicos de largo plazo, incluso pagos externos sustentados, principalmente, sobre la capacidad exportadora.

Sobre este telón de fondo, y aun sin él, es posible identificar algunos rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana que contribuyen a generar malas respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global.

1. La concentración de la riqueza y el ingreso

América Latina es la región del mundo con la peor distribución del ingreso y la mayor concentración de la riqueza. Este es un rasgo característico desde el inicio de la conquista y la colonización y perdura hasta nuestros días. Después de la Independencia continuó el proceso de concentración de la propiedad de la tierra y otros recursos. Argentina y Brasil proporcionan dos ejemplos notables al respecto. En la primera, la expulsión del indio y la conquista del desierto en la región pampeana, entre 1820 y 1870, culminó con la apropiación de las tierras más ricas del país por pocas manos. En Brasil, la Ley de Tierras de 1850 concentró aún más la propiedad de la tierra en manos de los grandes fazendeiros. Estos ejemplos ilustran una situación generalizada en América Latina. Después de 1945, el crecimiento hacia adentro tampoco resolvió el problema ni siquiera en países, como Brasil y México, que sostuvieron altas tasas de crecimiento en el período.

2. La estratificación social

La concentración de la propiedad de la tierra y otros recursos creó brechas profundas y limitó las oportunidades de ascenso en la escala social. Además, la conquista y sometimiento de las poblaciones nativas y, más tarde, la incorporación masiva de esclavos africanos en diversos países, introdujeron una dimensión étnica en la estratificación social, característica observable hasta nuestros días.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando llegaron grandes contingentes migratorios, especialmente al Cono Sur y Brasil, los recién llegados tuvieron pocas posibilidades de convertirse en propietarios y productores independientes en la frontera agrícola en expansión. Esta experiencia marca una diferencia radical con la de otros países de poblamiento reciente, como los Estados Unidos y los dominios blancos del Imperio Británico. En éstos, el poblamiento expandió la frontera y formó nuevas camadas de productores independientes. En cambio, en la Argentina y en otras partes de América Latina, cuando llegaron los inmigrantes, las mejores tierras ya estaban jurídicamente ocupadas. De allí la consolidación del sistema de grandes estancias, latifundios y fazendas y el predominio del régimen de arrendamiento y del trabajo asalariado en la actividad agropecuaria. En otras partes, subsistió el régimen de plantaciones para la producción de diversos cultivos tropicales.

Es improbable que en tales condiciones se forme una masa crítica de grupos privados capaces de acumular capital, incorporar tecnología e innovar, aprovechar el mercado interno y proyectarse al mercado mundial. No es que la historia latinoamericana no presente ejemplos de personajes con extraordinario espíritu de iniciativa para montar grandes negocios y generar ganancias. En el siglo XIX, Lucas Alaman fue un exitoso hombre de empresa que desarrolló la industria moderna textil en México y, en Brasil, el Barón de Maua fue el mayor empresario del Imperio (y de Iberoamérica) con negocios diversificados desde la industria y la minería a los transportes y los bancos. En la primera mitad del siglo XX, en la Argentina, el ingeniero de origen italiano Torcuato Di Tella fue un auténtico capitán de industria.

Sin embargo, el contexto prevaleciente inhibió la aparición de semejantes personajes, así como su eslabonamiento y alianza estratégica con otros empresarios nacionales, la transformación de la protoindustrialización existente en las artesanías previas a la industria moderna (como la actividad textil), y los procesos amplios de acumulación, cambio técnico y aumento de la productividad.

Estos límites a los liderazgos empresarios impidieron, en definitiva, expandir el empleo e integrar al conjunto de la sociedad en un proceso generalizado de crecimiento. En otros términos, se redujeron las posibilidades de construir sistemas de capitalismo nacional autocentrados en la movilización del ahorro y los recursos internos, el aprovechamiento del mercado interno, la expansión de las exportaciones y el cambio técnico.

Los mayores obstáculos a la formación de una masa crítica de liderazgo empresarial en América Latina no radican, como sugiere la llamada nueva economía institucional, en la falta de garantías para el ejercicio del derecho de propiedad, o la corrupción. Desde la independencia, los derechos de propiedad nunca fueron amenazados. El problema principal está en la concentración excesiva de la riqueza y las dificultades de acceso a la propiedad de nuevos agentes económicos.

La corrupción, por su parte, no es un rasgo distintivo de América Latina. Basta recordar la historia de las potencias industriales y de algunos de los países de más rápido desarrollo de la actualidad, para advertir que la corrupción no es una explicación suficiente del éxito o fracaso de los países, de las malas o buenas respuestas a los desafíos de la globalización.

Las causas son más profundas y se refieren a algunas de las cuestiones antes señaladas. Por las mismas razones, desde los tiempos del crecimiento hacia afuera hasta la actualidad, la presencia de las empresas extranjeras en América Latina es más importante que en los países exitosos. La debilidad relativa de los liderazgos empresariales nacionales fue en buena medida suplida por la inversión pública y por la inversión privada directa extranjera, especialmente, en las actividades de mayor dinamismo que incluyen, en la actualidad, servicios públicos privatizados en telecomunicaciones y otras áreas, redes comerciales y una creciente participación en el sector financiero.

3. El régimen político

América Latina es la región del mundo que estuvo sujeta durante más tiempo a una administración colonial. En efecto, en ningún lado y en semejante escala, existió un régimen de administración colonial que durara tres siglos. Esto contribuyó a la pobre experiencia de autogobierno de las comunidades locales.

En las trece colonias continentales británicas en América del Norte la situación fue muy distinta. Se instalaron tempranamente allí sistemas comunales de autogobierno y los colonos hicieron suyos los principios democráticos de la Gloriosa Revolución Británica de 1688. Sobre estos fundamentos se construyó la tradición política norteamericana. En realidad, nunca existió una subordinación plena de esas colonias a su madre patria. Cuando el gobierno de Jorge III intentó ajustar las riendas del imperio en el Nuevo Mundo, contemporáneamente con las reformas de Carlos III en el imperio español y de Pombal en el de Portugal, estalló la revolución. La reclamación de los colonos por hacer respetar el principio de "no hay impuesto sin representación", vigente en la metrópoli, fue uno de los detonantes del alzamiento.

En nuestros países, la concentración de la riqueza y el ingreso y la fractura social de raíz étnica contribuyeron a formar regímenes políticos excluyentes e inestables. El gran dilema de la reconstrucción de la legitimidad del poder en Hispanoamérica después de la Independencia fue cómo compatibilizar los principios de la Ilustración y del liberalismo, que inspiraban la construcción de las nuevas repúblicas, con un régimen de exclusión en el cual los criollos de las clases altas ocupaban el lugar de los antiguos representantes del poder colonial. Las características de la transición del Brasil a la independencia evitó la crisis de legitimidad y contribuyó a mantener la unidad territorial del país pero, como en el resto de Iberoamérica, el sistema político emergente fue de participación restringida.

Una vez instalado el crecimiento hacia afuera en la segunda mitad del siglo XIX, afianzadas las constituciones de cuño liberal en las repúblicas hispanoamericanas y establecida la república en Brasil, siguió rigiendo la limitación de la representatividad del sistema político. Cuando las tensiones fueron insoportables, se restablecieron gobiernos autoritarios. Esto se reflejó en la inestabilidad institucional y política característica de la mayor parte de nuestros países y en algunos acontecimientos de gran alcance, como la Revolución Mexicana.

América Latina tiene, desde siempre, dificultades en construir instituciones participativas y estables, al estilo norteamericano, o regímenes progresivamente abiertos como en la experiencia británica y las democracias continentales europeas. Las instituciones inestables carecen de condiciones para sostener políticas consistentes de largo plazo de movilización de recursos, promoción de exportaciones, capacitación de los recursos humanos y desarrollo científico-tecnológico.

Un Estado débil carece, también, de capacidad para establecer relaciones simétricas con los países centrales, los mercados financieros y las empresas transnacionales. Entre otras cosas, cabe esperar desequilibrios macroeconómicos persistentes y una dependencia continua del crédito externo para financiar el déficit público y del balance de pagos. Esto es un problema que se instaló en la mayor parte de América Latina desde la Independencia y perdura, acrecentado, hasta nuestros días.

Cuando imperan esas circunstancias, difícilmente un país puede proporcionar buenas respuestas al desafío de su desarrollo en el mundo global. En situaciones extremas esta debilidad se refleja en la impotencia para defender la integridad territorial. Los conflictos abiertos en México después de la independencia contribuyen a explicar la secesión de Texas y, poco después, la derrota en la guerra con los Estados Unidos y la pérdida de la mitad del territorio nacional consagrada en el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848.

4. Las variables económicas

Dados los rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana es comprensible que nuestros países revelen, a largo plazo, una baja capacidad de formación de ahorro y, sobre todo, una tendencia crónica al consumo conspicuo y al despilfarro de recursos. A esta cuestión dedicó Raúl Prebisch atención preferente en sus estudios sobre el capitalismo periférico.

Las mismas razones contribuyen a explicar la persistencia de los desequilibrios macroeconómicos y de las presiones inflacionarias. En tiempos recientes, el endeudamiento externo crónico y la vulnerabilidad externa reflejan tales desequilibrios y la incapacidad de los sistemas políticos de poner la casa en orden y articular el poder negociador frente al resto del mundo. El reparto inequitativo de los costos del ajuste y el deterioro consecuente de las condiciones sociales en los últimos lustros es comprensible en el marco de los rasgos sistémicos de la realidad latinoamericana.

Estados débiles (aunque a menudo hipertrofiados) y liderazgos empresariales condicionados por la fragmentacion social y otros problemas, difícilmente pueden generar una masa crítica de ventajas comparativas dinámicas y una relación simétrica con el orden global. Es decir, una participación en la división internacional del trabajo fundada en la incorporación de valor agregado a la producción primaria, el desarrollo industrial y los eslabonamientos de cadenas productivas complejas y diversificadas, crecientemente asentadas en la tecnología y en la ciencia. En tales condiciones son pobres las posibilidades de participar en la difusión del conocimiento científico y de la tecnología en el orden global.

En este sentido lo proporciona el desarrollo del ferrocarril durante el siglo XIX. Los Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países de desarrollo industrial tardío, respecto de la potencia entonces líder, Gran Bretaña, instalaron la red ferroviaria (en varios casos inicialmente con capitales, equipamiento y técnicos ingleses) y, al mismo tiempo, impulsaron el desarrollo de la siderurgia, la metalmecánica y otras industrias conexas para el equipamiento, instalación y explotación de lo que era, entonces, una actividad en la frontera tecnológica. En América Latina, el ferrocarril transformó también la realidad espacial y la integración territorial pero se instaló casi totalmente con empresas y equipamiento extranjero. En este caso los eslabonamientos del sistema ferroviario con el conjunto del sistema económico se limitaron, casi exclusivamente, a la instalación de talleres de reparación y mantenimiento.

Estos hechos contribuyeron para que América Latina siga siendo una región periférico cuyo papel principal en el mercado mundial es el de exportadora de productos primarios. Esta situación, cuyo análisis fue una de las contribuciones fundamentales de la CEPAL, es inherente al subdesarrollo latinoamericano y explica la caída de su participación en el mercado mundial en el último medio siglo.

De este modo, se debilitó la capacidad de América Latina de endogeneizar el desarrollo y trasladar a la estructura de la oferta y al empleo los cambios en la composición de la demanda generados por el aumento del ingreso y el cambio técnico. La inserción en el orden mundial resultó así en procesos exógenos de modernización como los observables en las décadas previas a la primera guerra mundial y en la actualidad.

En resumen, cuando se dan tales condiciones extremas de concentración de la riqueza y del ingreso, fragmentación social y representatividad restringida e inestabilidad de los sistemas políticos, cabe esperar malas respuestas a los dilemas del desarrollo en el mundo global.

III. Conclusiones

Dada la complejidad de los factores que influyen en la calidad de las respuestas a los desafíos de la globalización, el análisis de la cuestión excede las posibilidades de una aproximación economicista. Por las mismas razones, las buenas respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global, es decir, las políticas eficaces para el desarrollo sostenible, superan los límites de la política económica en sentido estricto.

El estudio del problema requiere, pues, incorporar, en la tradición de Max Weber, los diversos planos de la realidad en una perspectiva histórica de largo plazo.

Es preciso, asimismo, identificar los intereses propios de los países latinoamericanos dentro del mundo global. Esto no puede lograrse con teorías que proponen, como opciones racionales para América Latina, aquellas que, en realidad, responden a las perspectivas y los intereses de las economías más desarrolladas y hegemónicas dentro del orden global.

En la etapa del crecimiento hacia afuera de América Latina el enfoque céntrico predominó con el paradigma del libre cambio. En la actualidad, prevalece a través del llamado Consenso de Washington.

Las razones por las cuales la visión céntrica se convierte, en los diversos períodos históricos, en la ideología de los grupos dominantes en nuestros países, reflejan los mismos rasgos sistémicos que condicionan la calidad de las respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global.

Desde fines de los años cuarenta, con el liderazgo intelectual de Raúl Prebisch, la CEPAL propuso nuevas respuestas a los dilemas planteados por la globalización. El objetivo era compatibilizar la inserción de nuestros países en el mercado internacional con la transformación y el crecimiento interno y el comando del propio destino en un mundo global. A través de la integración latinoamericana, la unidad de nuestros países fortalecería su capacidad de respuesta a los problemas y oportunidades de la globalización. En sus trabajos ulteriores referidos al capitalismo periférico, Prebisch recalcó la importancia de cuestiones cruciales como la distribución del ingreso y la aplicación del excedente económico.

La contribución de la CEPAL se concentró comprensiblemente en el tratamiento de las variables económicas determinantes del subdesarrollo latinoamericano. El análisis fue enriquecido por las contribuciones de Ceiso Furtado, Fernando Henrique Cardoso, Anj'bal Pinto, Helio Jaguaribe, José Medina Echavarría, Osvaldo Sunkel y otros, que incorporaron al análisis la perspectiva histórica de largo plazo y variables sociopolíticas fundamentales. De este modo, convergiendo con el aporte de la CEPAL., se formó un conjunto de ideas que constituye probablemente el aporte más importante e influyente del pensamiento social propio a lo largo de la historia latinoamericana.

El legado de la CEPAL no radica principalmente en sus teorías sobre la distribución de los frutos del progreso técnico, los términos del intercambio o la propagación de los ciclos. Estas contribuciones están asociadas a la época en que surgieron y los tiempos han cambiado. La contribución de la CEPAL radica más bien en la actitud, en la postura, adoptada para abordar el tratamiento de los problemas de la realidad latinoamericana y formular propuestas. Esta actitud, esta postura, tiene tres rasgos dominantes:

La insistencia en observar el mundo desde la perspectiva de la realidad latinoamericana y de los objetivos propios dentro de un mundo global. Prebisch, en particular, manifestó, desde las primeras enseñanzas que impartió en la Universidad de Buenos Aires, una actitud crítica frente al pensamiento predominante de los centros y sospechaba que su implantación en la periferia reflejaba un proceso de colonización cultural. Es decir, la forma más sutil de subordinar a la periferia a los objetivos e intereses de los países centrales. No podría exagerarse la importancia de esta cuestión en la situación actualmente prevaleciente.

El rechazo al fatalismo de los mercados, es decir, a cualquier versión fundamentalista de la globalización. El dilema del desarrollo en el mundo global existe y es posible resolverlo, con racionalidad y eficacia, persiguiendo los propios intereses.

El desarrollo descansa en los mercados y la iniciativa privada orientados por la acción pública para compatibilizar la apertura con el desarrollo y el comando del propio destino en el mundo global.

El mensaje fundacional de la CEPAL fue esencialmente optimista. Suponía que frente a los dilemas del desarrollo en el mundo global estaba al alcance de nuestros países cambiar las malas por las buenas respuestas.

Es claro que la complejidad del desafío es mayor que la prevista originalmente. Los estudios recientes referidos al desarrollo con equidad enriquecen la contribución de la CEPAL.

De todos modos, la construcción de buenas respuestas a la globalización incluye pero excede la política económica en sentido estricto. Incorpora la reforma institucional y política, la integración social y un amplio abanico de cambios para remover obstáculos al desarrollo latinoamericano, hondamente arraigados en la . historia y en los sistemas vigentes. De ahí la magnitud de los problemas que confronta la construcción de la democracia en América Latina.

En tiempos recientes, una de las propuestas fundacionales de la CEPAL, referida a la integración latinoamericana, tiene una importante expresión en el MERCOSUR. En efecto, el sistema subregional está revelando cuanta importancia tiene la integración de nuestros países para mejorar la calidad de las respuestas al dilema del desarrollo en el mundo global.


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Bibliografía


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