viernes, 30 de mayo de 2008

Revolución Inglesa

La Revolución Inglesa


Las capas más progresistas pretendían sustituir la Iglesia epis­copal por una de tipo presbiteriano, es decir, dirigida por comi­sarios o delegados electivos; el ala radical del puritanismo, constituida por los independientes y con numerosos parti­darios en las clases populares, mantenía, por su parte, que la Iglesia no está formada simplemente por todos los bautiza­dos, sino por las personas iluminadas por la gracia divina que se entregan a una rigurosa disciplina moral. Los independientes reclamaban libertad de conciencia y autonomía para sus con­gregaciones, constituidas por comunidades eclesiásticas locales, colegiadas entre sí en asambleas federadas. Semejantes formaciones religiosas, de inspiración calvinista o anabaptista, tenían generalmente una estructura democrática y presen­taban algunos aspectos de tipo comunista.

Con la subida al trono de Carlos 1(1625), la tensión entre la Corona y el Parlamento aumentó aún más, tanto por el temperamento enérgico del nuevo soberano como por los con­tinuos reveses militares sufridos por Inglaterra en las guerras contra España y Francia, contratiempos que no tenían otra causa que la parvedad de medios financieros que el Parlamento concedía al rey. Carlos 1, irritado por los graves descalabros sufridos en el ataque a Cádiz (1626) y en Ré (1627), echa­ba en cara a los parlamentarios el no querer hacerse cargo de los gastos de una política que ellos mismos habían decreta­do. Para socorrer al Palatinado y a los hugonotes franceses y para combatir a los españoles se precisaban grandes dispen­
dios, que la Cámara de los Comunes no quería otorgar al Por esta causa, el monarca se vio obligado a recurrir a ex dientes anticonstitucionales, pasando por encima del Pa mento para imponer tributos y llegando a encarcelar a al nos nobles que no habían querido suscribir un emprés en su favor.

La actitud prevaricadora de Carlos ¡ y su obstinación en querer desprenderse del duque de Buckingham, ex consejero de confianza de su padre y hombre mal visto por el lamento, indujo a este último a reivindicar las antiguas fuentes constitucionales junto con la Petición de Dere (1628). En este documento se reafirmaban los poderes Parlamento frente a la autoridad real, y se denunciaban C( abusos ilegales algunas costumbres introducidas última por el gobierno del rey, como, por ejemplo, la constitución de cortes marciales, los encarcelamientos arbitrarios, el ajamiento obligatorio de soldados y marinos en las casas ticulares, los empréstitos forzosos y los impuestos intr( cidos sin el consentimiento del Parlamento. Carlos 1 ac de mala gana las reclamaciones contenidas en la Peticiói ese mismo año el duque de Buckingham fue asesinado un puritano.

Al año siguiente (1629), ante la actitud hostil del Parlamento el rey disolvió la asamblea, que dejó de ser convocada dt te once años, iniciándose así un largo período de gobierno absolutista. El monarca buscó el apoyo de dos consejero obispo de Laúd, arzobispo de Canterbury a partir de 1 para los asuntos de índole religiosa, y sir Thomas Wentw nombrado conde de Stratford, para los temas políticos. último había encabezado con anterioridad la oposición lamentaría y era uno de los promotores de la Petición del chos. Sin embargo, Wentworth, aun desaprobando la rica de Buckingham, encaminada siempre a extendí’ prerrogativas reales, y a pesar de considerar el Parlamento »el gran medio capaz de crear un verdadero entendimiento entre el rey y el pueblo», fue fiel a la Corona y no du> declararse su ferviente partidario cuando le pareció qi puritanos adoptarían una posición intransigente. Al rení decidirse entre el Parlamento y el rey, optó por este úl convencido de que al primero sólo le competía una fu de intermediario y de que para gobernar como convencer al país hacía falta la mano fuerte de un soberano enérgico imitando al conde de Strafford, otros parlamentarios extendieron sus vínculos con la Corona, sobre todo entre los pertenecientes a la Cámara de los Lores, que con frecuencia hallaba en conflicto con el otro brazo del Parlamento, la ra de los Comunes.

Con la clausura del Parlamento se inició un período de pasión política y religiosa, durante el cual Carlos 1 trató toda forma de oposición. El arzobispo Laud, gran defen­sor del absolutismo regio, impuso una rigurosa ortodoxia angli­cana, y además adoptó nuevas ceremonias religiosas que nada tenían que ver con la austeridad instaurada en los templos reformados; esto dio nuevo pábulo a las acusaciones de «papismo» que los puritanos hacían a la Iglesia anglicana. La política eclesiástica del arzobispo, aunque infligió a los recal­citrantes penas relativamente suaves si se las compara a las adoptadas en España, Países Bajos y Alemania por aquella misma época, impulsó a los disidentes a emigrar hacia Amé­rica del Norte. Los puritanos que abandonaban su propio país para buscar una nueva patria al otro lado del océano se encar­garon de hacer llegar al Nuevo Continente instituciones y costumbres de la metrópoli junto con sus propias ideas inno­vadoras; las colonias fundadas en Nueva Inglaterra recibie­ron una marcada influencia anglosajona.


El «Parlamento largo»

En 1637, Laud intentó imponer la liturgia anglicana a la Es­cocia presbiteriana. Los escoceses se sublevaron al instante y organizaron un ejército considerablemente más fuerte que el inglés. Carlos 1, desconcertado, hubo de resignarse a con­vocar de nuevo el Parlamento para que votase los impuestos
necesarios para poder sostener la guerra; pero la asamblea rehu­só plegarse a las exigencias del monarca y éste se vio obliga­do a disolverla rápidamente (»Parlamento corto», abril-mayo de 1640).La guerra fue muy pronto favorable a los escoceses, que po­seían una gran tradición militar. Su ejército, al mando de Ale­xander Leslie, veterano de la guerra de los Treinta Años, ocu­pó sin dificultad Durham y Northumberland, exigiendo una elevada suma de dinero como rescate de los territorios ocu­pados. Carlos 1 tuvo que acudir de nuevo a otras elecciones, que originaron el llamado «Parlamento largo» (1640-1653). Los diputados que lo componían provenían casi todos de la nobleza; sin embargo, en su calidad de gentilhombres del cam­po, comisarios del rey y jueces de paz, se hallaban en estre­chas relaciones con la burguesía, cuyos intereses represen­taban, en oposición al absolutismo real. Los miembros de la Cámara de los Comunes (commoners), entre los que desta­caban personalidades como John Pym y John Hampden, fue­ron elegidos con la doble finalidad de poner término a la polí­tica arbitraria del rey y de reformar la Iglesia según las exigencias puritanas. Las decisiones de la asamblea fueron rápi­do Carlos de Inglaterra y su esposa XIII de Francia. Pintura de Vandas y unánimes en lo tocante al primer punto: Strafford fue sometido al imp eachement, procedimiento que permitía hacer comparecer a un par o a un ministro de la Corona delante de la Cámara de los Lores para ser sometido a juicio por acu­saciones pronunciadas por la Cámara de los Comunes, y fue condenado a muerte como reo de alta traición; el 12 de mayo de 1641 fue ajusticiado en presencia de un gentío inmenso, que había amenazado con asaltar el palacio de no consentir Carlos 1 la ejecución. Junto con los hombres fueron eliminadas también las ins­tituciones que hicieron posible la omnipotencia del monar­ca. Desde las primeras sesiones parlamentarias fueron abo­lidos el Tribunal de la Cámara Estrellada, un consejo real que se ocupaba principalmente de las violaciones infligidas a las proclamas del rey, y los demás tribunales especiales; fue declarado ilegal cualquier impuesto que no hubiese sido apro­bado por el Parlamento, particularmente la tasa sob y sobre las mercancías de importación; fueron abro licencias de monopolios, y puestos en libertad los] los políticos. Por último, el rey hubo de plegarse una ley en virtud de la cual el Parlamento podía decir si o no únicamente por propia resolución; de este moda ha sancionada oficialmente la autonomía de la asamblea al poder del soberano. Para el empeño en des cimientos del absolutismo y en asegurar los derechos de los súbditos frente a los del rey, el Parlamento encontró su apoyo en las masas populares de Londres: peque sanos, mozos, aprendices, marinos y trabajadores ro mantuvieron una amenazadora presión sobre e1 re aquellos que no estaban de acuerdo con las avanzar naciones que planteaban los oradores puritanos e lamento.

La unidad del »Parlamento largo» se resquebrajó el controvertido debate sobre el problema eclesial contraste de pareceres se manifestó en torno a la del episcopado, que implicaba una sustancial div de opiniones políticas. Los que eran partidarios de la conservación de un sistema episcopal lo eran al mismo del poder monárquico, aun sometiéndolo al co Parlamento; los propugnadores de la abolición de pos tendían, por su parte, a conferir al Parlamento prioridad suprema, no contentándose únicamente con la restauración de sus derechos. Además se daba el casi muchos miembros de la Cámara de los Lores y de 1 ra de los Comunes temían que la situación tomas netamente revolucionario. Por eso el proyecto de tra el episcopado, propuesto en enero de 1641 otros parlamentarios, sobre la base de una petición da por 15.000 ciudadanos, encontró la oposición miembros moderados de ambas cámaras. En cuanto a los signatarios del proyecto, entre los cuales se hallaba Cromwell (1599-1658), que propugnaban una Iglesia elegida por comisarios laicos, se situaban aquellos q inviolabilidad de las estructuras eclesiásticas tradicionales veían un medio para apoyar el poder de la monarquía de luego, un afianzamiento de los derechos de la dad. Estos últimos constituían la mayoría.

En octubre del mismo año, la situación se agravó violenta insurrección que estalló en la Irlanda católica sometida durante siglos a la opresión política, economía religiosa de los ingleses. Animados por la situación económica inesperada en Inglaterra, los irlandeses se rebelaron, así a un gran número de protestantes e intentando al de la isla a los extranjeros. Los parlamentarios ingleses camuflados en la lucha por sus propios derechos, no se interesa­ron por las legítimas reivindicaciones de la colonia irlande­sa, en la que muchos de ellos tenían importantes intereses, y se apresuraron a recoger dinero por medio de suscripcio­nes públicas para hacer frente a la sublevación. El problema que se planteó fue el de saber si era de la competencia del rey o del Parlamento establecer la dirección de las fuerzas arma-das que tenían que invadir Irlanda. Naturalmente, Pym y su grupo sostuvieron el derecho del Parlamento y en noviem­bre sometieron a la asamblea un largo manifiesto, la llama­da «Gran protesta», en la cual se enumeraban las arbitrarie­dades cometidas por la Corona; en los párrafos de las conclusiones se exigía el control del Parlamento sobre los ministros del rey. El texto fue finalmente aprobado, aunque por un estrecho margen de votos.
Carlos 1 intentó recurrir a la fuerza al comprobar queso esca­paban de sus manos las riendas con que controlaba las finan­zas, el ejército, la Iglesia y a sus propios ministros. El plan, preparado diligentemente por el soberano, debía tener por fin la disolución de las cámaras; pero nuevas agitaciones popu­lares, durante las cuales los soldados de la guardia real se nega­ron a disparar contra el pueblo, echaron por tierra las pre­tensiones del apurado monarca. Este, entonces, trató de eliminar a sus enemigos más irreconciliables, ordenando el arresto de cinco parlamentarios, entre ellos Pym y Hamp­den, bajo el cargo de alta traición. Frente a la negativa de la Cámara para proceder a la entrega de los inculpados, el rey jugó su última carta, irrumpiendo en la asamblea con una escolta armada, para ejecutar él mismo el arresto; pero los cinco parlamentarios, avisados del peligro, se habían pues­to a salvo refugiándose en la City, el barrio comercial de la ciudad. La violación de la secular costumbre según la cual el rey no podía asistir a las sesiones parlamentarias, suscitó la indignación popular; del campo comenzaron a afluir hacia Londres bandas de voluntarios para defender a sus repre­sentantes parlamentarios puestos en entredicho. La Cáma­ra de los Comunes se trasladó de Westminster a la City, con­fiando su defensa a una guardia popular. El soberano estimó entonces que era más prudente abandonar la ciudad, y se diri­gió a Yorkshire con el propósito de organizar un ejército (ene­ro de 1642).


La guerra civil

Lentamente, Inglaterra se dividió en dos bandos. Al lado del rey se alinearon la mayoría de los lores, la aristocracia terra­teniente, los funcionarios reales, los representantes de la Igle­sia anglicana y los condados más pobres del Norte y del Oes­te; en favor del Parlamento se aunaron la nobleza de nueva formación, la burguesía y las masas populares de los del Sur, del centro y del Este de Inglaterra. Al interior mismo de los condados se produjo la división de campos opuestos. Los partidarios del rey se llamaba lloros» y los del Parlamento recibieron el nombre de mezas redondas» porque, a diferencia de los primeros,. los cabellos cortos.

El conflicto duró cinco años, con diversas alternativas que el Parlamento contaba con importantes medios econòmicos y tenía de su parte las ciudades más ricas , la flota, los puertos más imp y un notable apoyo popular, todas estas ventajas tiempo en producir los efectos esperados. La caballería italiana, guiada por el príncipe Rupert, alcanzó al principio algunos éxitos, aunque debidos más bien a la indecisión adversarios, mandados por el conde de Essex. Los pocos que continuaban siendo fieles al Parlamento no que impulso a una guerra contra gente de su propio para ricos burgueses se preocupaban más de sus negocio preferían que las tropas fuesen reclutadas entre merco vagabundos. Desorientación y dudas de todo género mandos ineptos, sembraron la desconfianza entre del ejército parlamentario, que en 1643 fue batido ocasiones por los realistas, hasta tal punto que Carh yectó la reconquista de Londres; Pym se decidió e a solicitar la ayuda de los escoceses. Mientras tanto haciendo notoria, por su valor y capacidad, la caba los yeomen (pequeños terratenientes), organizada 1 ver Cromwell.

Escocia intervino en la guerra al lado del Parlamento y había prometido la introducción en Inglaterra de 1 presbiteriana oficial. A partir de este momento, el parlamentario consiguió obtener una aplastante victoria los realistas en Marston Moor (Yorkshire, 1644). 1 monto, dominado por los presbiterianos de las clases vadas, no supo aprovechar la situación favorable, prendió su táctica contemporizadora, suscita descontento popular. El partido de los independientes corriente radical del puritanismo, que contaba con apoyo de la pequeña burguesía, la nobleza de segundo orden, de condición rural, los artesanos y el pueblo, a pesar de la minoría, obtuvo la aprobación de la asamblea para el proyecto de reforma radical del ejército, al que se garantiza provisiones, equipo y paga de una manera regular. ~ que habían ocupado cargos directivos se vieron sus por oficiales nuevos, que muy frecuentemente eran gen humilde; el joven sir Thomas Fairfax se encarga de tareas de mando de las operaciones y Oliver Cromwel nombrado su lugarteniente.

Animado por un entusiasmo puritano y un empuje revolu­cionario, el ejército »nuevo modelo» (New MoclelArmy) , de composición popular, bien organizado y disciplinado, resolvió la guerra en favor del Parlamento. En Naseby (14 de junio de 1645) los realistas perdieron la artillería y los bagajes, a la vez que 5.000 de sus hombres fueron hechos prisioneros; el propio rey tuvo que huir. Refugiado en Esco­cia, Carlos 1 pensaba que podía contar con el apoyo de los escoceses, otorgándoles concesiones y explotando su rivali­dad con los ingleses. Sin embargo, los escoceses lo entrega­ron al Parlamento de Londres a cambio de 400.000 libras esterlinas.

La guerra civil había terminado, pero el Parlamento no pudo ya hacerse con el control del país. El conflicto armado for­jé el prestigio de los militares que se distinguieron duran­te la lucha, y el poder pasó paulatinamente a manos de hom­bres como lord Fairfax y Oliven Cromwell. El ejército <>nuevo modelo», factor principal de la victoria de los parlamen­tarios, representaba los intereses de la pequeña burguesía y de las masas populares, que habían soportado los gravá­menes de la contienda pagando impuestos, dando hombres para la campaña armada y sufriendo la crisis económica pro­vocada por la interrupción de la vida comercial. El Parla­mento pretendía ahora negarles no sólo la justa recompensa, sino hasta la libertad religiosa por la que habían comba­tido. Al ver que se fraguaba en las filas del ejército un co­nato de rebelión, los diputados presbiterianos ordenaron la desmovilización; los soldados rehusaron entregar las armas y muy pronto transformaron sus exigencias de carácter profesional, como el pago de la soldada y el socorro a las viudas y huérfanos, en reivindicaciones de contenido po­lítico.

De las filas de los independientes surgieron, de este modo, los »igualadores» (levellers), que predicaban la igualdad polí­tica de todos los hombres, reafirmando los derechos natu­rales de los mismos y la abolición de toda clase de privile­gios. Defensores de la soberanía popular, proponían la elección por sufragio universal de un nuevo Parlamento que realiza­ra sus aspiraciones e instaurase la libertad religiosa. Otros, finalmente, que proclamaban ser <>los verdaderos igualado­res», llegaban hasta reivindicar la igualdad económica par­tiendo de una base de tipo comunista. La doctrina de los nive­ladores, expuesta en los libelos (pamphlets) de John Lilburne, sobrepasaba las intenciones de los mismos independientes; su manifiesto político, el Agreement of the People (Acuerdo del pueblo), suscitó la reacción de Cromwell que, aun coin­cidiendo en algunos puntos con las aspiraciones del ejérci­to, rechazaba la idea de democracia integral y la abolición de la propiedad.

La reanudación de la guerra hizo olvidar momentáneamen­te el problema. Carlos 1, escapado de la custodia del Parla­mento, aún creía en la posibilidad de una victoria, dadas las divergencias de criterio existentes entre independientes e igua­ladores. Tras obtener el apoyo de los presbiterianos escoce­ses, alarmados por las nuevas perspectivas revolucionarias, en 1648 se presentó en Inglaterra con un ejército de 20.000 hom­bres. Pero la habilidad de Cromwell y el celo de sus parti­darios se impusieron una vez más al enemigo. Dado que el Parlamento trataba de llegar a un acuerdo con el rey, a prin­cipios de diciembre el ejército entró en la capital, desterran­do a 150 diputados presbiterianos; la depuración fue lleva­da a cabo por el coronel Thomas Pnide (Purga de Pnide, diciembre de 1648). La nueva mayoría independiente con­denó a Carlos 1 a la pena capital. La ejecución del rey tuvo
lugar en la plaza de Whitehall, el 30 de enero de 1649. A continuación se instauró en Inglaterra un régimen de carác­ter republicano (Commonwealth), cuyo poder era manteni­do por un Consejo de Estado, expresión del partido de los independientes.

Desde la república de los independientes hasta el protectorado de Cromwell

En la Commonwealth, el Parlamento ejercía el poder legis­lativo, después de haber sido depurado y reducido a una sola cámara, la de los Comunes; el poder ejecutivo fue confiado al Consejo de Estado, compuesto por 41 consejeros, casi todos miembros del Parlamento. De esta forma, Inglaterra era gober­nada por una oligarquía de militares pertenecientes al ala inde­pendiente del puritanismo y capitaneados por Cromwell. El país atravesaba una gravísima crisis económica, provocada por la paralización de la industria y el comercio durante el con­flicto civil.
Entretanto, un nuevo movimiento democrático iba arrai­gando entre las masas campesinas olvidadas por los iguala­dores, el de los »cavadores» (dzggers). El programa agrario de éstos, que pretendía la abolición de la propiedad, ante todo la asignación de los fondos comunales a no poseían tierras. Se trataba de un movimiento r que confiaba en la eficacia de la persuasión . En 1649, un grupo de cavadores se ocupó de Surrey e inició los trabajos de roturación, llamando a otros campesinos de la región para que se uniesen Al poco tiempo contaban ya con muchos partidarios mando a la autoridad que, viendo en ellos una gran’ aliannaza a pesar del carácter pacífico del movimiento, siguió cruelmente.

En el mismo año de la fundación de la república Cromwell se aprestó a someter la rebelión irlandesa. Logrando que Irlanda y de Escocia formaba parte de un pacto que tenía por fin librar a Inglaterra de posibles de los católicos o de los Estuardo. La campaña mil ji nra Irlanda fue notable y cruenta: millares de católicos> ron asesinados, otros fueron obligados a alejarse de mas, a embarcarse para América o se vieron obligados a buscar refugio en las regiones pantanosas del Oeste. L; del Ulster fue repoblada por puritanos escoceses; la. confiscadas a los revoltosos se asignaron a nuevos pi rius protestantes, que constituyeron una casta de nobles, los Iantllords de Irlanda. De este modo se crearon misas de un conflicto destinado a perdurar hasta r días. A la campaña de Irlanda siguió la de Escocia. El colonialismo» llevado a cabo por la república inglesa c las clases dirigentes escocesas a agruparse en torno a la quía de los Estuardo y a coronar a su rey en la peo Carlos II, hijo de Carlos 1. Pero Cromwell derrotó cito escocés en Dunbar (1650) yen Worcester (1651 lando así todo intento de restauración de los Estuardos fue integrada a Inglaterra y Carlos II huyo a Francia.

A continuación Inglaterra se enfrentó con las Provincias Unidas, su rival en el comercio . Cromwell hizo votar por el Parlamento el Acta de 1 ción (1651), que reservaba el transporte de las mor a los puertos de Inglaterra a naves británicas y a la países productores de las mercancías transportadas; eso realmente, perjudicaba los intereses de los holandeses Provincias Unidas, quienes declararon la guerra a 1 nra. El conflicto (1652-1654) terminó con la victoria última, que se convirtió en adelante en la mayor p marítima de Europa.

Pero los éxitos militares de la república servían para ocultar la incertidumbre de la situación interior. Cromwell intentó renovar el Parlamento sin recurrir a unas elecciones, que le hubieran obligado a decidir sobre el alcance del derecho a voto. Pero dado que la nueva asamblea, elegida por él mis­mo, demostró tendencias radicales, la disolvió inmediatamente yse hizo nombrar lord protector de Inglaterra (1653). Crom­well acentuó la condición de dictadura militar de su gobier­no, que fue cada vez más impopular; la proclamación del carác­ter hereditario del título de protector, los conflictos sobre la competencia de las dos cámaras, la negativa del Parlamento para conceder créditos para la guerra anglo-española y el retor­no a las agitaciones populares dejaban prever el derrumba­miento del régimen.


La república de las Provincias Unidas

La paz de Westfalia (1648), que confirmó la independencia de las Provincias Unidas, no pudo poner término al conflicto interno que desde tiempo atrás turbaba la vida política holan­desa; por el contrario, la paz puso de manifiesto todas las difi­cultades en que se debatía la república calvinista.

Desde comienzos de siglo, los intereses de la burguesía comer­cial y financiera se habían revelado prácticamente incom­patibles con los de las provincias agrícolas y con las aspira­ciones de la rica nobleza local, generalmente apoyada por las clases más humildes. La burguesía sostenía al partido repu­blicano, favorable a un sistema federal, garantizado por el buen funcionamiento de los Estados Generales, y que per­seguía una política de paz, aun a precio de concesiones y de compromisos, ya que ansiaba la regularidad y la prosperi­dad del tráfico comercial y de las transacciones financieras. En el aspecto religioso, los republicanos sostenían un calvi­nismo tolerante, expresado en las teorías del teólogo Armi­nio, menos rígido que el calvinismo oficial, sobre todo en lo que se refiere a materias de moral económica. El partido noble-popular, por su parte, se agrupaba en torno a la fami­lia Orange-Nassau, de la que habían salido algunos de los más célebres héroes de la guerra contra España; esta dinas­tía tendía a monopolizar, haciéndolo hereditario, el cargo de estatúder, para hacer de él una especie de poder autóno­mo, contrapuesto al de los Estados Generales. El llamado partido orangista, que parecía aspirar a una forma monár­quica, se declaraba seguidor del rígido calvinismo predica­do por el teólogo belga Francis Gomar, propugnador de una Iglesia oficial.

Los tumultos religiosos de comienzos de siglo, cuando la gue­rra con España parecía que había llegado a su fin, dieron oca­sión a los orangistas, guiados por Mauricio de Nassau, para imponerse en los Estados Generales y condenar el arminia­nismo (sínodo de Dordrechr, 1618-1619). Acto seguido, los Orange-Nassau fueron los principales autores de la inter­vención holandesa en la guerra de los Treinta Años, con el fin de debilitar definitivamente la amenaza española. La gue­rra, después de varias vicisitudes no siempre favorables a los holandeses, concluyó victoriosamente con una paz por sepa­rado con España (Münster, 1648), dictada tanto por el temor de que el expansionismo francés pudiera sustituir el de los españoles, como por la actitud de la burguesía republicana, que asistía preocupada a la destrucción de la riqueza nacio­nal que provocaba la perduración de la guerra.

Los años centrales del siglo XVII suponen la revancha del par­tido burgués republicano y representaron el período de mayor prosperidad de las Provincias Unidas. Suprimido el cargo de estatúder (1650), los centros de poder volvieron a ser los con­trolados por el partido republicano: los Estados Generales y el gran pensionario de Holanda, el cual los convocaba, los
presidía y tenía las funciones de un primer ministro. Para des­empeñar este cargo, que se volvió muy importante, fue lla­mado, en 1653, Jan de Witt. Este era un típico representante de la burguesía, culta, tolerante, protectora de las artes. Duran­te su gobierno, la cultura ye1 arte holandeses pudieron expre­sar abiertamente el intenso mundo espiritual que había logra­do desarrollarse en las Provincias Unidas. La pequeña república se convirtió en un centro para la alta cultura, un punto de encuentro de la ciencia y de la filosofía, y la ~librería gene­raL> de Europa.

Las universidades holandesas de Leiden, Breda, Utrecht y Amsterdam se convirtieron en centros del pensamiento filo­sófico, científico y religioso. Una inmensa producción de libros hizo posible la difusión de las ideas de numerosos estu­diosos y científicos, entre los cuales hay que destacar tres figu­ras de relieve mundial: el francés René Descartes, que pasó en Holanda los años más fecundos de su vida (1629-1649), publicando gran parte de sus obras, y los holandeses Hugo Grocio y Baruch Spinoza, profundamente vinculados a los ambientes republicanos. El pensamiento de Descartes fue la primera tentativa sistemática de elaborar una filosofía fun­dada en la razón, que representase un puente entre la esco­lástica medieval y una postura moderna que ofreciese res­puesta a las dudas de los llamados libertinos o librepensadores. La obra de Grocio se relaciona directamente con las aspiraciones jurídico-políticas de la burguesía mercantil ho en cuanto es una tentativa encaminada a señalar los momentos estables y naturales del derecho internacional. maestra, De jure be/li acpacis (El derecho de la guerra. paz, 1625), establecía una serie de principios jurídicos universalmente válidos, siendo el primero de ellos el de tratado del comercio y de la navegación. Spinoza, desarrollando el pensamiento de Descartes, llegó a formular una moral desvinculada de los principios del cristianismo la doctrina política fundada en la idea de que en la base país existe un contrato libremente estipulado por 1os individuos, y desarrolló también un método crítico de la interpretación y de lectura de la Sagrada Escritura. Este aspecto de la obra del filósofo influyó decisivamente ánimo de un gran personaje francés de brillante ingei también se refugió en Holanda por motivos religiosos a finales de siglo: Pierre Bayle (1647-1706. por numerosos motivos parece haber sido un precu iluminismo. La estrecha relación existente entre la 1 y la ciencia durante aquel período explica el desarrollo los estudios científicos a la par de los filosóficos, ti do los primeros gran impulso por obra del naturalista van Leeuwenhoeck (1632-1723), y de Christiaan Huygens (1629-1695), físico y astrónomo.

La producción artística holandesa se vincula con la frivolidad burguesa dominante y su componente calvinista imponiéndose en sus maneras y formas al gusto fantástico sionista del barroco. Tranquilos y armoniosos ini iglesias, salas de corporaciones, municipios y bellas des atravesadas de canales recibieron los honores dc tura realizada por encargo de familias de comerciantes adinerados o de comunidades ciudadanas. Se desarrollo una pintura nacional, en la que predominaba el retrato saje, con una búsqueda minuciosa de la precisión ti y el gusto por el detalle. Pintores como Frans Hals 1666), Jacob van Ruysdael (1628 o 1629-1682) yJ meer (1632-1675) revelaban la poesía que yace ese en la vida ordinaria y en la naturaleza cuando se la de cerca y con amor, mientras Rembrandt (1606-166 manando el interés por los temas mitológicos y bíbli una aguda sensibilidad por los efectos luminosos, e ba una profunda religiosidad.


Apogeo y decadencia de Holanda

La intensa actividad cultural, artística y científica vinculadas en cierta medida a la prosperidad eco de que gozaron las Provincias Unidas durante gran parte del siglo xvii. La fortuna del país hacía tiempo que estaba con­fiada al poderío de su flota y al espíritu de iniciativa de sus comerciantes.

La necesidad de extender una actividad que representaba la fuente de su prosperidad, indujo a los holandeses a intentar asegurarse el monopolio de todo el comercio colonial: por eso, y aprovechándose de la crisis por que atravesaba Espa­ña, se lanzaron cada vez más hacia las costas de América y de Asia. Así se formó un auténtico Imperio comercial, fun­dado enla perfección de un sistema bancario y crediticio que hizo de Amsterdam el principal centro mercantil del mun­do, basándose en la actividad de compañías comerciales pri­vadas, como la Compañía de las Indias Occidentales y la de las Indias Orientales, a menudo más potentes que el mismo Estado.

El primer ataque al dominio holandés de los mares lo llevó a cabo Cromwell, quien se desentendió de la solidaridad que le unía a una nación que poseía una común fe calvinista, para escuchar únicamente las voces de los más convincen­tes intereses de la burguesía británica y sus propias aspira­ciones de restituir para Inglaterra la posición de predomi­nio sobre los mares a la que ya la había encaminado Isabel 1. La primera guerra entre Inglaterra y Holanda (1652-1654), que siguió a la proclamación del Acta de navegación, se cerró con un grave descalabro para Holanda, que hubo de asistir, impotente, al rápido desarrollo de una nueva potencia marí­tima, mercantil y colonial. Tras la muerte de Cromwell (1658), la situación empeoró todavía más. El restaurado monarca inglés Carlos II Estuardo pareció querer incrementar la política colonial, e Inglaterra hubo de chocar de nuevo con los intereses holandeses. Así se llegó a la segunda gue­rra anglo-holandesa (o del Acta de navegación, 1664-1667), que concluyó con el tratado de Breda (1667), en virtud del cual el rey inglés permitía a las naves holandesas el acceso a los puertos británicos; Holanda cedía a cambio a Inglate­rra, en los territorios americanos, el centro portuario de Nue­va Amsterdam, que tomó el nombre de Nueva York. Ade­más, el soberano inglés persiguió una política de acercamiento a la Francia de Luis XIV, que se perfilaba como la más gra­ve y concreta amenaza para la misma independencia de las Provincias Unidas. La guerra de Devolución (1667-1668), que estalló como consecuencia de las reivindicaciones plan­teadas por Luis XIV sobre los Países Bajos españoles, demos­tró prácticamente que el expansionismo francés se dirigiría en adelante contra Holanda. Más tarde, el absolutismo de Luis XIV y la política mercantilista de su ministro Colbert demostraron claramente que la potencia comercial y finan­ciera de Holanda, su régimen republicano y su religión cal­vinista eran motivos fundamentales .

Por otra parte, la política pacifista de De Witt acabó por ais­lar diplomáticamente el país y exponerlo a los ataques de la monarquía francesa, aliada ahora con Carlos II de Inglate­rra. La guerra de Holanda, comenzada por los anglo-fran­ceses en 1672, fue ruinosa en un primer momento para las Provincias Unidas, que vieron ocupados vastos territorios y muchas de sus ciudades. El consejo municipal de Amster­dam hubo de tomar finalmente la suprema y dramática deci­sión de inundar el país mediante la apertura de los diques que lo protegían de las aguas del mar. Transformada en una inmensa marisma, Holanda se aprestó a resistir, confiando una vez más, como hizo siempre en los momentos de mayor peligro, en los orangistas. Guillermo de Orange (1650-1702) supo explotar hábilmente la violenta reacción popular con­tra De Witt, al que se hacía responsable de los reveses mili­tares por haber favorecido la flota a costa del ejército de tie­rra. Después de la muerte de De Witt (1672), asesinado durante un motín, Guillermo fue nombrado estatúder y capi­tán general; su marcada personalidad y su gran energía die­ron vigor a la resistencia holandesa. A las ambiciones de man­do y capacidad militar, cualidades propias de su familia, unía un vivo sentido político y diplomático, que le llevó a aliar­se con las potencias católicas enemigas de Francia, corno Espa­ña y los Habsburgo, y con algunos príncipes alemanes, para hacer frente al peligro. Así consiguió que al final de la gue­rra, durante la cual los franceses habían conseguido diver­sas victorias en todos los frentes, salvo en la Holanda con­vertida en marisma, no tuviese que hacer concesión alguna: en realidad, el tratado de Nimega (1678) dejó íntegras las Provincias Unidas. El hábil Guillermo, tras haber estipula­do una paz con Inglaterra (1674), se casó con María, sobri­na de Carlos II, imponiendo así una deuda de amistad a la Corona inglesa.

La revolución inglesa de 1688-1689

A la muerte de Cromwell (1658), su hijo Richard a cargo de lord protector. Sin embargo, falto de la 1 política de su padre y sin una fuerte personalidad, tró incapaz de gobernar y tras un año de haberlo ir presentó la dimisión, dejando el país en medio dc militar. El pueblo inglés, después de la trágica exper luchas civiles e interminables guerras, parecía dispu retorno a sus tradiciones. El general Monck reinstau lamento e hizo aprobar a la nueva asamblea la rest de los Estuardo. El 29 de mayo de 1660 Carlos II, rey decapitado, entró en Londres entre aclamación , que le hicieron exclamar: »~Dónde estaban, los enemigos?».

Carlos 11(1660-1685) sólo mantuvo parcialmente guas promesas de asegurar la libertad religiosa a los d puritanos, restaurando la Iglesia anglicana y mostraban una cierta propensión hacia el catolicismo. En este e otros rasgos de su reinado demostró que el largo de destierro que había pasado en Francia. con cu~ tía estaba emparentado, . Se hablaba de una secreta conversión del monarca . La solidaridad con Francia fue reforzada progresivamente, si se excluye el breve período de paz con Holanda y Suecia durante la guerra de Des Las buenas relaciones se apoyaban en sólidas bases: la declaración de Carlos II por el sistema absolutista de E las generosas pero interesadas subvenciones del re’ al monarca inglés, que le permitían sustraerse al Parlamento, y la explosión de las rivalidades con 1 que aparecía como el principal obstáculo para la e~ marítima inglesa. Pero, a pesar de la profusión dc financieros empleados por la monarquía francesa p ara lograr el mayor número posible de apoyos en Inglaterra podía modificar los sentimientos populares, que habían sido siempre, antifranceses y antiabsolutista dándole un verdadero apoyo de la alianza franco-inglesa era tai monarca, que conseguía neutralizar cada vez la o del partido whz’g, de tendencia progresista, y las res parlamentarias, gracias a su propia capacidad y a del dinero francés: entre otras cosas, Carlos II nl éxito completo frente a la opinión pública y las nt fuerzas políticas que intentaban excluir a su herma bo de la sucesión al trono.

Esta última cuestión tuvo notable importancia en el e de la vida política inglesa, ya que produjo una más e rencia entre los dos partidos, tory y whzig, que durante bastante tiempo el dominio en el Parlamento de las tendencias absolutistas de que hacía alarde Carlos II, la vida pública inglesa continuaba desarrollándose en un cli­ma de efectiva libertad de palabra y de imprenta; durante el reinado de Carlos II se dieron importantes pasos hacia el reco­nocimiento de los derechos civiles fundamentales, como la aprobación del Habeas corpus Act (1679), que garantizaba la obtención de una libertad personal frente al abuso de los pode­res del Estado y de la policía.

A esta situación supo adaptarse el soberano inglés, ocultando prudentemente sus propios sentimientos, que en los últi­mos años de su reinado se aprovechó de los errores de sus adversarios whig para no convocar el Parlamento. Por lo demás, su política no careció de apoyo en la medida en que tendía a proseguir las directrices de Cromwell en lo refe­rente a la expansión mercantil y colonial del país. Las leyes sobre navegación promulgadas por el lord protector se con­solidaron con un estudiado sistema de reglamentaciones que dictaban normas precisas sobre el comercio y sobre las rela­ciones entre las colonias y la metrópoli. Se reorganizó la flo­ta, que se había encontrado en dificultades frente a los holan­deses en los comienzos de la segunda guerra del Acta de navegación.

La sustancial moderación y la habilidad política de Carlos II no las heredó el nuevo monarca, Jacobo 11(1685-1688). Éste persiguió a un mismo tiempo y de manera demasiado des­cubierta tres objetivos capaces de suscitar la hostilidad de la nación. Reforzó el absolutismo, manteniendo cerrado el Par­lamento y reprimiendo con crueldad las rebeliones, para lo que se sirvió de un ejército permanente con funciones de poli­cía del interior, dependiente de su mando personal.

Católico celoso, Carlos II se propuso asegurar la libertad reli­giosa a sus propios correligionarios, los tan intensamente odia­dos papistas, obteniendo de esta manera el apoyo de los irlan­deses y haciendo presagiar un inminente retorno de la Corona inglesa a la obediencia de Roma. Finalmente, el monarca se apoyó de una manera todavía más decidida en Luis XIV, inclu­so cuando el rey de Francia ponía en práctica una despiada­da persecución contra los hugonotes, después de haber revo­cado el edicto de Nantes (1685).

Los ingleses, sin embargo, soportaron su gobierno durante algunos años, entre otras razones porque sus dos hijas y here­deras eran protestantes y casaron con príncipes de la misma fe: María se había unido con Guillermo de Orange, y Ana con Jorge de Dinamarca. Esta circunstancia hacía todavía más importante para Luis XIV su alianza con Jacobo. Tal y como ha dejado escrito el historiador inglés Fisher, «mientras Jaco­bo reinase en Inglaterra, la flota inglesa no molestaría a las colonias de las Indias Occidentales, tan alentadoramente aus­piciadas por Colbert, ni el ejército inglés tenía que partici­par activamente en acciones continentales contra Francia. Gui­llermo de Orange, en cambio, era el más mortal y tenaz enemigo de Francia, y la unión de Inglaterra y Holanda bajo su gobierno hubiera creado a Luis XIV las más graves difi­cultades~.

Sin embargo, los acontecimientos tomaron la dirección más temida para Luis XIV. El inesperado nacimiento de un hijo varón hizo más probable que nunca la perpetuación de una dinastía católica en el trono inglés: la aversión popular con­tra el rey Jacobo se tradujo en una revuelta y en la descara­da invitación hecha por el partido whiga Guillermo de Oran­ge para que tomase posesión del trono.Los historiadores británicos llaman generalmente «1 a la revolución de 1688-1689 porque fue incruenta. E el traspaso de poderes y el cambio de dinastía se rc sin derramamiento de sangre; no fue aquella guerra los ingleses temían y en la que Luis XIV había dej ciertas esperanzas. No se verificaron encuentros mili que los mejores generales del rey se pasaron sin re alguna al bando de Guillermo; éste había desembarcar 12.000 hombres —menos de la mitad del contingente de tropas reales—, pero había vencido sin combatir. £su victoria sería rápida y completa si se presentaba defensor de la libertad y de la unidad de la naciól una garantía de las prerrogativas parlamentarias y tolerancia religiosa, sin abrazar la causa de un partido nado. Así pudo contar en breve tiempo con un paí únicamente los católicos irlandeses, se defendieron durante largo tiempo, oponiendo ur perada resistencia al ejército inglés, que obtuvo portante victoria en las cercanías de Drogheda, jun Boyne (1690).

Bajo muchos aspectos, no se trató, en realidad, de u lución. Además del cambio de dinastía, sólo dos pr realmente innovadores fueron introducidos en el inglés: la tolerancia religiosa en favor de los disidentes protestantes y el veto a la Corona para destituir a 1o5 La Declaración de Derechos, con el nombre de Guillermo III, se vio obligado a jurar (1689), no era más que una simple enumeración de los dere­chas ya existentes, tanto del Parlamento como de los súb­ditos: aprobación parlamentaria de los tributos, libertad de palabra, veto al soberano para mantener un ejército per­manente. El elemento innovador no consistía en el conte­nido de la Declaración, sino en el hecho de que ésta san­cionaba un contrato libremente estipulado entre el soberano y sus súbditos.

El documento más significativo aprobado por el Parlamen­to en 1689 fue el Acta de tolerancia, que logró resolver de modo duradero el problema de los puritanos, concediéndo­les la libertad religiosa; pero éstos no obtuvieron, sin embar­go, la totalidad de los derechos civiles. Aunque fuese el fru­to de un compromiso que, entre otras cosas, excluía a los católicos ya los antitrinitarios, al Acta de tolerancia o, como más propiamente se llamó, la Ley de indulgencia, sirvió por ¡o menos para poner fin a las persecuciones que tan grave­mente habían afectado, bajo los últimos Estuardo, a los puri­tanos, a los baptistas y a los cuáqueros, obligando a éstos abuscar refugio en las costas de América, con serio peligro para la artesanía, la industria y el comercio, en cuyas manos se halla­ban a menudo.

En los años siguientes se difundió efectivamente una tole­rancia general en materia religiosa, tanto por conveniencias políticas de paz civil como por la decadencia de las disputas teológicas. Los mismos católicos no se vieron ya persegui­dos, aun siendo en su mayor parte «jacobitas», es decir, segui­dores del partido que continuaba reconociendo a Jacobo como único soberano legítimo. Además, Guillermo III necesitaba asegurarse el apoyo de toda la nación, aun de los católicos, ya que se preparaba para alinear a Inglaterra en las coalicio­nes antifrancesas, de las cuales formaban parte algunos de los más potentes Estados católicos, como España y el Imperio de los Habsburgo.

El «manifiesto» de los nuevos principios en materia religio­sa y civil se inspiraba en las Cartas sobre/a tolerancia, del filó­sofo y escritor político inglés John Locke (1632-1704). Éste, que vivió vanos años en Holanda, donde había asimilado las teorías de Grocio y del ambiente intelectual republicano, sos­tenía que, contrariamente a la tradición, según la cual el Esta­do debía garantizar la uniformidad religiosa, era necesario que la autoridad pública respetase los inviolables derechos per­sonales y la libertad de conciencia. Locke excluía, sin embar­go, de dicha tolerancia a los ateos, ya que estimaba que el ateísmo está en conflicto con los fundamentos básicos sobre los cuales se cimenta la sociedad misma; y sostenía también que los católicos representaban un peligro para el Estado por el hecho de estar sujetos a la autoridad del papa más que a la de los soberanos.

Estas tesis sobre la tolerancia tenían el mérito de vincularse estrechamente con una teoría política que desarrollaba has­ta sus últimas consecuencias la idea de un contrato o con­venio entre el soberano y sus súbditos. Así se establecía un
principio fundamental para una ulterior revolución constitucional y liberal: el principio según el monarca es el primer servidor y ejecutor de la fuente de donde ésta dimana. De ahí el respeto a la ley, alterables solamente cuando hay miento común del Parlamento en sus tres componentes Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, yentes de la única legitimación del poder monárquico En sus dos Tratados sobre e/gobierno (1690) Lock logrando con más atención los fundamentos del nc ma político y desarrollándolo en sentido más constitucional, echaba por tierra las teorías de Hobl defendía que en el momento del contrato entre e] súbditos, éstos renunciaban completamente a sus individuales en favor del poder soberano. Según de la competencia del soberano regular el disfrute sin interferir lo más mínimo la esfera priva sentada, según él, por la conciencia y la propiedad camino, el filósofo inglés había sacado a la luz la i rente teoría que hacía referencia a un gobierno liii la ley y por los derechos individuales de libertad piedad. De esta manera se formulaba en Inglater trina de la monarquía constitucional y al mismo de un régimen político liberal-burgués, basado en la privada.




BIBLIOGRAFIA


J. Dunn. The Po/itical Thought ofJohn Locke, Cambrid1

University Press, 1969.

P. Geyl, The Netherlands iv the 17 th. Century, Ernest 8

Londres, 1961-64.

C. Hill, The Century of Revo/ution, 1603-1 714, Nelson

Edimburgo, 1961.

G. M. Trevelyan, Historia social de Inglaterra, FCE, Mé

1946.

G. M. Trevelyan, La revolución inglesa: 1688-1689, FCI

1951.

H. R. Trevor-Roper, Re/igion, the Reformation ana’ Soci~

Macmillan, Londres, 1967.